domingo, 28 de febrero de 2010

Segundo Domingo de Cuaresma

El Señor es mi luz y mi salvación
“Este es mi hijo amado: escúchenlo”

Primera Lectura
Lectura del libro del Génesis (15, 5-12. 17-18)
En aquellos días, Dios sacó a Abram de su casa y le dijo: “Mira el cielo y cuenta las estrellas, si puedes”. Luego añadió: “Así será tu descendencia”.
Abram creyó lo que el Señor le decía y, por esa fe, el Señor lo tuvo por justo. Entonces le dijo: “Yo soy el Señor, el que te sacó de Ur, ciudad de los caldeos, para entregarte en posesión esta tierra”. Abram replicó: “Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla?”
Dios le dijo: “Tráeme una ternera, una cabra y un carnero, todos de tres años; una tórtola y un pichón”.
Tomó Abram aquellos animales, los partió por la mitad y puso las mitades una enfrente de la otra, pero no partió las aves. Pronto comenzaron los buitres a descender sobre los cadáveres y Abram los ahuyentaba.
Estando ya para ponerse el sol, Abram cayó en un profundo letargo, y un terror intenso y misterioso se apoderó de él. Cuando se puso el sol, hubo densa oscuridad y sucedió que un brasero humeante y una antorcha encendida, pasaron por entre aquellos animales partidos.
De esta manera hizo el Señor, aquel día, una alianza con Abram, diciendo: “A tus descendientes doy esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río Eufrates”.
Palabra de Dios.
Te alabamos Señor.

Salmo Responsorial Salmo 26
El Señor es mi luz y mi salvación.
El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién voy a tenerle miedo? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién podrá hacerme temblar?
El Señor es mi luz y mi salvación.
Oye, Señor, mi voz y mis clamores y tenme compasión; el corazón me dice que te busque y buscándote estoy.
El Señor es mi luz y mi salvación.
No rechaces con cólera a tu siervo, tú eres mi único auxilio; no me abandones ni me dejes solo, Dios y salvador mío.
El Señor es mi luz y mi salvación.
La bondad del Señor espero ver en esta misma vida. Ármate de valor y fortaleza y en el Señor confía.
El Señor es mi luz y mi salvación.

Segunda Lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los filipenses (3, 17—4, 1)
Hermanos: Sean todos ustedes imitadores míos y observen la conducta de aquellos que siguen el ejemplo que les he dado a ustedes. Porque, como muchas veces se lo he dicho a ustedes, y ahora se lo repito llorando, hay muchos que viven como enemigos de la cruz de Cristo. Esos tales acabarán en la perdición, porque su dios es el vientre, se enorgullecen de lo que deberían avergonzarse y sólo piensan en cosas de la tierra.
Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos que venga nuestro salvador, Jesucristo. El transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas.
Hermanos míos, a quienes tanto quiero y extraño: ustedes, hermanos míos amadísimos, que son mi alegría y mi corona, manténganse fieles al Señor.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (9, 28-36)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, y subió a un monte para hacer oración. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes. De pronto aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Y hablaban de la muerte que le esperaba en Jerusalén.
Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño; pero, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.
No había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo.
De la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Cuando cesó la voz, se quedó Jesús solo.
Los discípulos guardaron silencio y por entonces no dijeron a nadie nada de lo que habían visto.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Comentario a la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Jesucristo. Que el Señor que dirige nuestros corazones para que amemos a Dios esté con ustedes.
Este domingo la liturgia nos regala el hecho de la transfiguración de Jesús.
Este pasaje de la Escritura tiene mucho del Antiguo Testamento y confirma la acción de Dios en su pueblo y en Jesucristo, nuestro redentor y salvador.
Jesús, ocho días después de la multiplicación de los panes y de que preguntara a sus discípulos sobre quién era Él y de la respuesta inspirada por Dios que da el apóstol Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios…”; se hizo acompañar de Pedro, Santiago y Juan, es decir, los apóstoles privilegiados y testigos de hechos importantes en la vida de Jesús.
Los llevó aparte y subió a un monte para hacer oración. El monte nos recuerda el Sinaí, nos recuerda a Moisés, nos recuerda la Antigua Ley y la alianza de Dios con su pueblo; pero también nos recuerda el monte donde oraba Moisés y donde su rostro se transfiguraba, tanto que debía cubrirse el rostro cada vez que estaba en oración con Dios. Es lo mismo que sucede con Jesús, que puesto en oración su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se hicieron blancas y relampagueantes.
El texto del evangelio dice después que aparecieron conversando con él dos personajes, rodeados de esplendor: eran Moisés y Elías. Dos personajes importantes en la historia del pueblo de Israel, pues representan la Ley y a los Profetas, lo que significa que era el medio y el modo como Yahveh fue salvando a su pueblo, era la Palabra y el culmen de todas las escrituras.
Precisamente estos dos personajes que resumen toda la palabra de Dios son los que hablaban con Jesús y lo hace sobre la muerte que le esperaba en Jerusalén.
Es decir, Aquél, el Ungido de Dios, el Mesías, el esperado de todos los tiempos y que daba plenitud a toda la tradición, a la Ley y los Profetas, que daba continuidad al mensaje divino; Aquél que anunciaron los Profetas y Aquél que hace plena la Ley con el Amor, ese mismo habla con estos dos personajes.
Se nos muestra así que la acción de Dios por su pueblo se cumple también en nosotros y se realiza en Jesucristo.
Esta parte que sigue no nos es ajena, pues es algo que sucederá también en el Huerto de los Olivos cuando van a tomar preso a Jesús: Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño, sólo que ahora asisten a presenciar la transfiguración de Jesús, una figura de aquello que sucederá luego de su muerte en cruz, de lo cual están hablando Moisés y Elías con Jesús; por eso, despertándose, vieron la gloria de Jesús y de los que estaban con él. Cuando éstos se retiraban, Pedro le dijo a Jesús: “Maestro, sería bueno que nos quedáramos aquí y que hiciéramos tres chozas: una para ti, una para Moisés y otra para Elías”, sin saber lo que decía.
Pedro no había terminado de hablar, cuando se formó una nube que los cubrió; y ellos, al verse envueltos por la nube, se llenaron de miedo. Esta nube nos recuerda a Yahveh acompañando a su pueblo por el desierto durante 40 años. Esa nube los ocultaba de los egipcios que los perseguían, y los acompañaba de noche con su resplandor para iluminarlos, esa nube es la que envuelve a Jesús con los presentes, es la gloria de Dios la que se hace presente en medio de ellos y así como sucedió en el bautismo de Jesús, de la nube salió una voz que decía: “Este es mi Hijo, mi escogido; escúchenlo”. Es el Padre mismo quien confirma a su Hijo en la misión encomendada, nos manda escucharlo porque es el escogido, es el Ungido por Él.
¿De qué nos sirve para nuestra vida analizar todo esto? Son signos a través de los cuales Dios se manifiesta, son signos concretos y tangibles que también se dan en nuestras vidas, y sirven para hacernos ver que en medio de las pruebas y de los momentos difíciles, es Dios quien sigue sosteniendo su obra de redención por nosotros. Hoy el Señor nos pide que seamos testigos de esta transfiguración para en medio de esta Cuaresma nos sintamos fortalecidos y sepamos que Dios sigue confirmando su obra en nosotros.
El hecho de que los discípulos hayan presenciado este hecho tan inusual y fuerte les ayudó a afrontar también el camino de la cruz de Jesús, más allá de que no lo llegaron a entender del todo, pero cuando se cumplió todo, supieron y pudieron ver realizadas las promesas de Dios.
Como dice san Pablo, “nosotros, somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos que venga nuestro salvador, Jesucristo. El transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas”.
El hecho de la transfiguración de Jesús nos asegura nuevamente el don de la resurrección realizada en su persona, y Aquél en quién ya fue realizada se realizará también un día en nosotros.
Bueno, ya es hora de que descendamos del monte Tabor y vivamos la vida, lo cotidiano, fortalecidos por la acción de Dios en nuestras vidas para que los miedos y preocupaciones de este mundo en que vivimos no nos quiten la paz y la fuerza necesarias para seguir luchando. Amén.

domingo, 21 de febrero de 2010

Primer Domingo de Cuaresma - 2010



Tú eres mi Dios y en ti confío
Tú eres mi refugio y Fortaleza

Primera Lectura
Lectura del libro del Deuteronomio (26, 4-10)
En aquel tiempo, dijo Moisés al pueblo: “Cuando presentes las primicias de tus cosechas, el sacerdote tomará el cesto de tus manos y lo pondrá ante el altar del Señor, tu Dios. Entonces tú dirás estas palabras ante el Señor, tu Dios:
‘Mi padre fue un arameo errante, que bajó a Egipto y se estableció allí con muy pocas personas; pero luego creció hasta convertirse en una gran nación, potente y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura esclavitud. Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres, y el Señor escuchó nuestra voz, miró nuestra humillación, nuestros trabajos y nuestra angustia.
El Señor nos sacó de Egipto con mano poderosa y brazo protector, con un terror muy grande, entre señales y portentos; nos trajo a este país y nos dio esta tierra, que mana leche y miel. Por eso ahora yo traigo aquí las primicias de la tierra que tú, Señor, me has dado’. Una vez que hayas dejado tus primicias ante el Señor, te postrarás ante él para adorarlo”.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 90
Tú eres mi Dios y en ti confío.
Tú, que vives al amparo del Altísimo y descansas a la sombra del todopoderoso, dile al Señor: “Tú eres mi refugio y fortaleza; tú eres mi Dios y en ti confío”.
Tú eres mi Dios y en ti confío.
No te sucederá desgracia alguna, ninguna calamidad caerá sobre tu casa, pues el Señor ha dado a sus ángeles la orden de protegerte a donde quiera que vayas.
Tú eres mi Dios y en ti confío.
Los ángeles de Dios te llevarán en brazos para que no te tropieces con las piedras, podrás pisar los escorpiones y las víboras y dominar las fieras.
Tú eres mi Dios y en ti confío.
“Puesto que tú me conoces y me amas, dice el Señor, yo te libraré y te pondré a salvo. Cuando tú me invoques, yo te escucharé, y en tus angustias estaré contigo, te libraré de ellas y te colmaré de honores”.
Tú eres mi Dios y en ti confío.

Segunda Lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los romanos (10, 8-13)
Hermanos: La Escritura afirma:
Muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón, se encuentra la salvación, esto es, el asunto de la fe que predicamos. Porque basta que cada uno declare con su boca que Jesús es el Señor y que crea en su corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, para que pueda salvarse.
En efecto, hay que creer con el corazón para alcanzar la santidad y declarar con la boca para alcanzar la salvación.
Por eso dice la Escritura:
Ninguno que crea en él quedará defraudado, porque no existe diferencia entre judío y no judío, ya que uno mismo es el Señor de todos, espléndido con todos los que lo invocan, pues todo el que invoque al Señor como a su Dios, será salvado por él.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (4, 1-13)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó del Jordán y conducido por el mismo Espíritu, se internó en el desierto, donde permaneció durante cuarenta días y fue tentado por el demonio.
No comió nada en aquellos días, y cuando se completaron, sintió hambre. Entonces el diablo le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan”. Jesús le contestó: “Está escrito: No sólo de pan vive el hombre”.
Después lo llevó el diablo a un monte elevado y en un instante le hizo ver todos los reinos de la tierra y le dijo:
“A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de estos reinos, y yo los doy a quien quiero. Todo esto será tuyo, si te arrodillas y me adoras”. Jesús le respondió:
“Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él sólo servirás”.
Entonces lo llevó a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del templo y le dijo: “Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde aquí, porque está escrito: Los ángeles del Señor tienen órdenes de cuidarte y de sostenerte en sus manos, para que tus pies no tropiecen con las piedras”. Pero Jesús le respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.
Concluidas las tentaciones, él diablo se retiró de él, hasta que llegara la hora oportuna.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.




Comentario a la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Jesucristo. Que el Señor que dirige nuestros corazones para que amemos a Dios esté con ustedes.
Con este domingo comenzamos un ciclo de lecturas que nos llevarán progresivamente a la preparación para la Pascua, mediante un camino de conversión.
Hoy se nos ofrece el evangelio de las tentaciones de Jesús.
Intentaremos dar una conexión de este texto con el AT. El tema de la tentación surge al definir la estrecha relación que se da entre Dios y el pueblo de Israel, en modo especial en el desierto, como lo fue en su largo peregrinar hacia la tierra prometida. Se dice que Dios “tienta” o “pone a prueba” a Israel, para hacer emerger aquello que hay en el corazón de su pueblo.
Tal prueba era como el querer acrisolar el oro en el fuego para hacerlo más puro y noble.
Hoy en día este lenguaje puede sonarnos un tanto raro, ¿cómo es que Dios “tienta” o “pone a prueba”? ¿no es el demonio quien tienta al hombre para hacerlo caer? En definitiva es esto: Dios permite que seamos probados para que luchando contra las tentaciones y las pruebas se ponga de manifiesto lo que hay en el interior de los hombres y, mediante tal prueba, ser purificados, darnos cuenta de lo que Dios nos da y de lo que sucede cuando lo perdemos por no escucharlo.
Releídas estas “tentaciones” con el Antiguo Testamento de fondo (AT), las tentaciones de Jesús aparecen como la demostración de su total adhesión a Dios, en contraste con la conducta indócil del pueblo de Israel, de modo tal que los cuarenta días de ayuno en el desierto corresponden a los cuarenta años transcurridos por Israel en el desierto después de la salida de Egipto.
Pero, en modo más específico, podemos decir que estas tres tentaciones de Satanás hacia Jesús tienen como misión la de disuadirlo de su misión mesiánica encomendada por el Padre.
Las tres tentaciones intentan que Jesús renuncie a la misión que se le ha dado, el cual, refutando tales fáciles y falaces sucesos mundanos de una popularidad obtenida con milagros muy espectaculares, logra mantenerse adherido al camino de la cruz trazado por Dios.
Cuaresma: cuarenta días para re calibrar nuestra vida y sus relaciones con Dios, con los otros, con la creación, con nosotros mismos.
El texto de las tentaciones de Jesús en desierto nos muestra que Jesús entra en esta experiencia guiado por el Espíritu y con el gesto del ayuno.
¿Por qué el ayuno? Qué tiene que ver el tema de la alimentación con tantos problemas éticos, políticos, cotidianos, de dinero, de los afectos, de las relaciones?
Pero Jesús va más allá: un ayuno prolongado de cuarenta días, señala la intención de sondear la propia verdad, la propia identidad más allá de la percepción superficial.
El testimonio unánime de la práctica ascética del ayuno, común a todas las tradiciones religiosas y filosóficas, confirma que la persona que se somete a ello, se abre a un conocimiento de sí mismo nuevo y sorprendente. Renunciar a tomar alimento modifica inevitablemente la percepción de nuestros valores de referencia. No es lo mismo tener apetito que hambre, en nuestro opulento occidente, el auténtico ayuno reactiva la sensibilidad y la capacidad de elección y pone en causa los valores más profundos. Tal sensibilidad a la cual lleva el ayuno hace a la persona más atenta y vigilante.
Es la condición ideal para retomar en nuestras manos la propia vida y realizar nuevas elecciones. Giungendo così al fine che ci si era proposti e da cui eravamo partiti.
El “tener hambre” (Lc 4,2) que Jesús mismo advierte luego de 40 días de ayuno confirma este estado psíquico perceptivo, donde se conoce, en modo sensiblemente nuevo, la dependencia de exterior para la propia supervivencia: ninguno de nosotros puede bastarse a sí mismo, la vida depende de otras cosas fuera de mí. Surgen así nuevas preguntas: ¿de qué cosas verdaderamente tengo necesidad? ¿Qué cosa deseo verdaderamente?
Para resistir a la tentación del individualismo egoísta, Jesús se nutre de la Palabra de Dios, sabiamente interpretada.
La primera lectura nos recuerda todo cuanto se ha recibido en el pasado para continuar a sostener la lucha hacia una libertad siempre más honda. Nuestras fuerzas son siempre frágiles, y sobre todo cuando se está ayunando, donde se está más necesitado de sostén. Entonces… ¿Cuál es nuestro alimento para orientar y cumplir nuestras elecciones?
Que el ayuno de Jesús y las pruebas sufridas por Él nos ayuden a imitarlo para sabernos necesitados y vencer nuestros egoísmos y soberbias, para darnos cuenta de que no somos todopoderosos y que el oro se acrisola en el fuego de la prueba.
Muy a tu alcance, en tu boca y en tu corazón, se encuentra la salvación, esto es, el asunto de la fe que predicamos. Porque basta que cada uno declare con su boca que Jesús es el Señor y que crea en su corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, para que pueda salvarse.
En efecto, hay que creer con el corazón para alcanzar la santidad y declarar con la boca para alcanzar la salvación.
Que las pruebas y tentaciones diarias y acompañadas del ayuno cuaresmal nos ayuden para recibir de Dios la sabiduría y la fuerza necesaria para sabernos amados por Dios en la prueba a fin de dejarnos purificar por su amor y su fidelidad. Amén.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Miércoles de Ceniza - 2010



Comienza la Cuaresma; guardar abstinencia y ayuno

Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Joel (2, 12-18)
Esto dice el Señor:
“Todavía es tiempo. Vuélvanse a mí de todo corazón, con ayunos, con lágrimas y llanto; enluten su corazón y no sus vestidos.
Vuélvanse al Señor Dios nuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en clemencia, y se conmueve ante la desgracia.
Quizá se arrepienta, se compadezca de nosotros y nos deje una bendición, que haga posibles las ofrendas y libaciones al Señor, nuestro Dios.
Toquen la trompeta en Sión, promulguen un ayuno, convoquen la asamblea, reúnan al pueblo, santifiquen la reunión, junten a los ancianos, convoquen a los niños, aun a los niños de pecho. Que el recién casado deje su alcoba y su tálamo la recién casada.
Entre el vestíbulo y el altar lloren los sacerdotes, ministros del Señor, diciendo: ‘Perdona, Señor, perdona a tu pueblo. No entregues tu heredad a la burla de las naciones. Que no digan los paganos: ¿Dónde está el Dios de Israel?’ ”
Y el Señor se llenó de celo por su tierra y tuvo piedad de su pueblo.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 50
Misericordia, Señor, hemos pecado.
Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados.
Misericordia, Señor, hemos pecado.
Puesto que reconozco mis culpas, tengo siempre presentes mis pecados. Contra ti solo pequé, Señor, haciendo lo que a tus ojos era malo.
Misericordia, Señor, hemos pecado.
Crea en mí, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos. No me arrojes, Señor, lejos de ti, ni retires de mí tu santo espíritu.
Misericordia, Señor, hemos pecado.
Devuélveme tu salvación, que regocija, y mantén en mí un alma generosa. Señor, abre mis labios y cantará mi boca tu alabanza.
Misericordia, Señor, hemos pecado.

Segunda Lectura
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios (5, 20—6, 2)
Hermanos: Somos embajadores de Cristo, y por nuestro medio, es Dios mismo el que los exhorta a ustedes. En nombre de Cristo les pedimos que se reconcilien con Dios. Al que nunca cometió pecado, Dios lo hizo “pecado” por nosotros, para que, unidos a él, recibamos la salvación de Dios y nos volvamos justos y santos.
Como colaboradores que somos de Dios, los exhortamos a no echar su gracia en saco roto. Porque el Señor dice: En el tiempo favorable te escuché y en el día de la salvación te socorrí. Pues bien, ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Mateo (6, 1-6.16-18)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial.
Por lo tanto, cuando des limosna, no lo anuncies con trompeta, como hacen los hipócritas en las sinagogas y por las calles, para que los alaben los hombres. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa.
Tú, en cambio, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes hagan oración, no sean como los hipócritas, a quienes les gusta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los vea la gente. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cuarto, cierra la puerta ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará.
Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Yo les aseguro que ya recibieron su recompensa. Tú, en cambio, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Comentario a la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Jesucristo, que la gracia de Dios que habita en nuestros corazones esté con ustedes.
Hoy comenzamos el tiempo especial de la Cuaresma, un tiempo de gracia y conversión, que se inicia con el Miércoles de Ceniza, donde la ceniza quiere recordarnos que somos polvo y al polvo volveremos, pero que el camino no termina allí sino que por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos estamos llamados a una vida con Dios.
Por eso es Dios mismo el que nos exhorta. En nombre de Cristo nos pide que nos dejemos reconciliar con Dios, pues a Jesús, al que nunca cometió pecado, Dios lo hizo “pecado” por nosotros, para que, unidos a él, recibamos la salvación de Dios y nos volvamos justos y santos.
Por eso este tiempo especial no es para dejarlo pasar, San Pablo nos invita a no echar la gracia de Dios en saco roto. Porque dice el Señor: “En el tiempo favorable te escuché y en el día de la salvación te socorrí”. Pues bien, ahora es el tiempo favorable; ahora es el día de la salvación.
Mirando el Evangelio, Jesús nos presenta tres puntos claves, y que hacían a la práctica de la justicia de los judíos, y era la limosna, el ayuno y la oración.
Sólo que Jesús pone una acentuación en cada una de estas cosas, y es a lo que se refiere el profeta Joel en la primera lectura cuando habla en nombre del Señor:
“Todavía es tiempo. Vuélvanse a mí de todo corazón, con ayunos, con lágrimas y llanto; enluten su corazón y no sus vestidos. Vuélvanse al Señor Dios nuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en clemencia, y se conmueve ante la desgracia”.
La clave de interpretación está en la actitud con la cual hacemos todo esto, con la cual vivimos las obras de la justicia (limosna, ayuno y oración). Es decir, lo que se hace debe partir del corazón mismo, de un corazón que quiere cambiar, convertirse, dejarse transformar (metánoia) por el Señor.
Por eso, para quien no obra de esta manera, Jesús los alerta: “Tengan cuidado de no practicar sus obras de piedad delante de los hombres para que los vean. De lo contrario, no tendrán recompensa con su Padre celestial”.
Por lo tanto, la mejor práctica de la limosna es “que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna quede en secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”. La limosna no es verdadera cuando necesita ser reconocida. Tampoco es verdadera cuando doy de lo que me sobra o no necesito. La verdadera limosna es la que doy con sacrificio, sabiendo que puedo ayudar a los demás, y en secreto, para que nadie sepa el bien que hago.
“Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta ora ante tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”. La mejor oración es la que se gesta en lo profundo del corazón y se da en el silencio, en la intimidad del encuentro con el Señor, ahí donde sólo Él puede entrar y donde yo puedo dejarlo entrar, pues si mi corazón está inquieto o distraído con otras cosas, seguramente no me daré cuenta de que Él está ahí, dentro mío. La puerta del corazón sólo tiene una cerradura y está por dentro, sólo yo puedo abrirla, Dios me respeta en mis decisiones, pero siempre quiere pasar y entrar para estar conmigo.
“Cuando ustedes ayunen, no pongan cara triste, como esos hipócritas que descuidan la apariencia de su rostro, para que la gente note que están ayunando. Tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que no sepa la gente que estás ayunando, sino tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensará”. Sí, el ayuno no se trata de hacerse ver, no se trata de “bajar de peso”, el ayuno es más amplio, no sólo es de alimentos sino también de actitudes y comportamientos, es aprender a moderarme, sobre todo en lo que más me cuesta crecer: el ayuno de la lengua, del hablar mal de otros o hablar de más; el ayuno de algún vicio, para poder desterrarlo, el privarme de ciertas cosas o alimentos para ejercitarme en la voluntad y desprenderme de lo que me esclaviza, me paraliza y no me deja crecer en libertad, en la libertad de los hijos de Dios.
Podemos terminar con las palabras del salmo que dicen: “Crea en mí, Señor, un corazón puro, un espíritu nuevo para cumplir tus mandamientos. No me arrojes, Señor, lejos de ti, ni retires de mí tu santo espíritu”.
Que la gracia del Dios de la vida nos acompañe en este camino de conversión y de preparación a la Pascua. Estemos atentos, para que la Pascua no nos sorprenda sin haber hecho algo por dejarnos transformar por el Señor, para que su gracia no caiga en saco roto. Amén.

sábado, 13 de febrero de 2010

Sexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C



Dichoso el hombre que confía en el Señor
Escucha, Señor, mi voz y mis clamores

Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Jeremías (17, 5-8)
Esto dice el Señor: “Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón. Será como un cardo en la estepa, que no disfruta del agua cuando llueve; vivirá en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhabitable.
Bendito el hombre que confía en el Señor y en él pone su esperanza. Será como un árbol plantado junto al agua, que hunde en la corriente sus raíces; cuando llegue el calor, no lo sentirá y sus hojas se conservarán siempre verdes; en año de sequía no se marchitará ni dejará de dar frutos”.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 1
Dichoso el hombre que confía en el Señor.
Dichoso aquel que no se guía por mundanos criterios, que no anda en malos pasos ni se burla del bueno, que ama la ley de Dios y se goza en cumplir sus mandamientos.
Dichoso el hombre que confía en el Señor.
Es como un árbol plantado junto al río, que da fruto a su tiempo y nunca se marchita. En todo tendrá éxito.
Dichoso el hombre que confía en el Señor.
En cambio los malvados serán como la paja barrida por el viento. Porque el Señor protege el camino del justo y al malo sus caminos acaban por perderlo.
Dichoso el hombre que confía en el Señor.

Segunda Lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios (15, 12. 16-20)
Hermanos: Si hemos predicado que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo es que algunos de ustedes andan diciendo que los muertos no resucitan? Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, es vana la fe de ustedes; y por tanto, aún viven ustedes en pecado, y los que murieron en Cristo, perecieron. Si nuestra esperanza en Cristo se redujera tan sólo a las cosas de esta vida, seríamos los más infelices de todos los hombres. Pero no es así, porque Cristo resucitó, y resucitó como la primicia de todos los muertos.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (6, 17. 20-26)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús descendió del monte con sus discípulos y sus apóstoles y se detuvo en un llano. Allí se encontraba mucha gente, que había venido tanto de Judea y de Jerusalén, como de la costa de Tiro y de Sidón.
Mirando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: “Dichosos ustedes los pobres, porque de ustedes es el Reino de Dios. Dichosos ustedes los que ahora tienen hambre, porque serán saciados. Dichosos ustedes los que lloran ahora, porque al fin reirán.
Dichosos serán ustedes cuando los hombres los aborrezcan y los expulsen de entre ellos, y cuando los insulten y maldigan por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Pues así trataron sus padres a los profetas.
Pero, ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya tienen ahora su consuelo! ¡Ay de ustedes, los que se hartan ahora, porque después tendrán hambre! ¡Ay de ustedes, los que ríen ahora, porque llorarán de pena! ¡Ay de ustedes, cuando todo el mundo los alabe, porque de ese modo trataron sus padres a los falsos profetas!”
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Comentario a la Palabra de Dios

Queridos hermanos y hermanas en Jesucristo.
El texto de Lc 6,20-26 es paralelo a Mt 5,1-12. En ambos casos se trata de un gran discurso programático de Jesús. En el de Lucas Jesús abre su discurso en la Sinagoga de Nazareth (4,18-22), con un anuncio que es igual al discurso de la montaña. Sólo que éste es quizás más genuino y concreto.
Jesús comienza diciendo: «El Espíritu de Dios está sobre mí» me ha enviado a evangelizar a los pobres, liberar los encarcelados y oprimidos, sanar a los ciegos, y proclamar un año de gracia del Señor (cf. Is 61,1-2; Lc 4,18-22).
La «buena noticia» que los pobres esperan es que su infeliz condición tenga fin, y no cualquier día que no se sepa cuál, sino ya, en seguida, se pueda alcanzare. «Hoy se ha cumplido esta Escritura que han oído», dice Jesús a los pobres y oprimidos que lo escuchan (4,20,28).
La pobreza no es un bien que Dios ha contemplado en su creación; es un mal, una carencia, que lleva a otros males y que obstaculiza el camino del hombre. La era mesiánica debía marcar un tiempo de realización junto a una renovación de las relaciones del hombre con Dios.
El deseo de Jesús mira a todo el hombre en su integridad, en su espíritu, a las relaciones con Dios y los hombres; abraza todo y a todos sin escluír a ninguno, pero sus preferidos son loshumildes, los pequeños, los indigentes, los enfermos, es decir, los “pobres”, porque tienen más necesidad de Dios.
Los «pobres» a evangelizar por Mateo son los ”pobres de espíritu”: son los humildes que saben desprenderse en espíritu del propio “YO”, para hacer más plena la entrega a Dios.
Lucas, en cambio, toma el mensaje evangélico de los pobres en otra clave: El mensaje se refiere los cristianos que son perseguidos, exiliados… por esto tienen hambre, sufren y lloran.
Las promesas de Jesús no se habían cumplido en las primeras comunidades cristianas, y –es más- habían provocado sufrimiento y persecuciones. A estos creyentes que están en crisis en su persona y en la fe, les ofrece Lucas una relectura de las BIENAVENTURANZAS mostrando la realización en el futuro, en un tiempo sucesivo, posterior, al final, en el Reino de los cielos.
En la mente de Jesús, el «reino de los cielos» era la realización de las promesas mesiánicas, y tenía su realización plena al final de esta vida.
«Ahora» tienen hambre, lloran, son perseguidos, pero un día, o “en aquél día”, en definitiva «en los cielos», serán saciados, reirán, se alegrarán y exultarán.
Y es que la vida terrena y, sobre todo, aquella del cristiano, está marcada por la pobreza, las injusticias, las persecuciones, los sufrimientos… y lo que el evangelista propone es la paciencia, la aceptación, en la espera de ver cumplidas las promesas de Dios, en un día que ninguno sabe cuál será ni cuándo sucederá, pero la fe asegura que sucederá ciertamente.
Luego, el evangelista Lucas habla de los “HAY” que deberán sufrir los ricos, los saciados, los que ríen….
La historia será cambiada y los infelices serán felices. Es el cambio del que habla el Magnificat, (Lc 1,46-56). Lo mismo sucederá según Mateo, en el «juicio universal»: los «benditos» irán al reino del padre, y los «malditos» al fuego eterno (25,34-42).

Este evangelio tiene mucho de lo que se vive hoy en distintas partes del mundo, y e salgo que nunca cambiará mientras los hombres no aprendamos a convivir como hermanos, aceptando a los otros en lo que son. El hecho de que el evangelista presente esta versión de las bienaventuranzas habla de un problema muy concreto y que actual. Quiere ofrecer a los que sufren el consuelo de una vida futura mejor.
Creo que la clave no está en sufrir por sufrir para alcanzar un premio, o despojarse de lo que tenemos para sufrir y así vivir las bienaventuranzas… No, la clave es otra, y se descubre mirando a Dios, porque cuando Dios desciende hacia nosotros, entra en nuestra vida, en nuestra historia, no queda en una posición neutral, sino que obra para ayudarnos a vivir con integridad lo que apparentemente no tiene sentido. Él se hizo como nostro asumiendo TODO (menos el pecado) para que nuestra vida tenga sentido en Él, viviendo como Él, obrando como Él….
En definitiva, el mensaje de Jesús es una advertencia de lo que hemos escuchado del Señor en el profeta Jeremías:
“Maldito el hombre que confía en el hombre, que en él pone su fuerza y aparta del Señor su corazón. Será como un cardo en la estepa, que no disfruta del agua cuando llueve; vivirá en la aridez del desierto, en una tierra salobre e inhabitable” (17,5).
Al contrario,
“Bendito el hombre que confía en el Señor y en él pone su esperanza. Será como un árbol plantado junto al agua, que hunde en la corriente sus raíces; cuando llegue el calor, no lo sentirá y sus hojas se conservarán siempre verdes; en año de sequía no se marchitará ni dejará de dar frutos” (v. 7).
Queridos hermanos y hermanas, vivamos con integridad la vida que el Señor nos regala, haciendo el bien a todos y viviendo nuestra vida centrada en Dios, con plena confianza en Él, porque el que contruye sobre la arena es como aquél que pone la confianza en sí mismo y en sus fuerzas, «alejando su corazón del Señor» (cfr. Jer 17,5-7). Amén

sábado, 6 de febrero de 2010

Quinto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C


Cuando te invocamos, Señor, nos escuchaste
Demos gracias al Señor por su misericordia

Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Isaías (6, 1-2. 3-8)
El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor, sentado sobre un trono muy alto y magnífico. La orla de su manto llenaba el templo. Había dos serafines junto a él, con seis alas cada uno, que se gritaban el uno al otro:
“Santo, santo, santo es el Señor, Dios de los ejércitos; su gloria llena toda la tierra”. Temblaban las puertas al clamor de su voz y el templo se llenaba de humo.
Entonces exclamé:
“¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, porque he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos”.
Después voló hacia mí uno de los serafines. Llevaba en la mano una brasa, que había tomado del altar con unas tenazas. Con la brasa me tocó la boca,
diciéndome: “Mira: Esto ha tocado tus labios. Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están perdonados”.
Escuché entonces la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?” Yo le respondí: “Aquí estoy, Señor, envíame”.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 137
Cuando te invocamos, Señor, nos escuchaste.
De todo corazón te damos gracias, Señor, porque escuchaste nuestros ruegos. Te cantaremos delante de tus ángeles, te adoraremos en tu templo.
Cuando te invocamos, Señor, nos escuchaste.
Señor, te damos gracias por tu lealtad y por tu amor: siempre que te invocamos nos oíste y nos llenaste de valor.
Cuando te invocamos, Señor, nos escuchaste.
Que todos los reyes de la tierra te reconozcan, al escuchar tus prodigios. Que alaben tus caminos, porque tu gloria es inmensa.
Cuando te invocamos, Señor, nos escuchaste.
Tu mano, Señor, nos pondrá a salvo, y así concluirás en nosotros tu obra. Señor, tu amor perdura eternamente; obra tuya soy, no me abandones.
Cuando te invocamos, Señor, nos escuchaste.

Segunda Lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios (15, 1-11)
Hermanos: Les recuerdo el Evangelio que yo les prediqué y que ustedes aceptaron y en el cual están firmes. Este Evangelio los salvará, si lo cumplen tal y como yo lo prediqué. De otro modo, habrán creído en vano.
Les transmití, ante todo, lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, como dicen las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según estaba escrito; que se le apareció a Pedro y luego a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos reunidos, la mayoría de los cuales vive aún y otros ya murieron. Más tarde se le apareció a Santiago y luego a todos los apóstoles.
Finalmente, se me apareció también a mí, que soy como un aborto. Porque yo perseguí a la Iglesia de Dios y por eso soy el último de los apóstoles e indigno de llamarme apóstol. Sin embargo, por la gracia de Dios, soy lo que soy, y su gracia no ha sido estéril en mí; al contrario, he trabajado más que todos ellos, aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios, que está conmigo. De cualquier manera, sea yo, sean ellos, esto es lo que nosotros predicamos y esto mismo lo que ustedes han creído.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (5, 1-11)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús estaba a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpaba en torno suyo para oír la palabra de Dios. Jesús vio dos barcas que estaban junto a la orilla. Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes. Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”. Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra, echaré las redes”. Así lo hizo y atraparon tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos. Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.
Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!” Porque tanto él como sus compañeros estaban llenos de asombro al ver la pesca que habían conseguido. Lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Entonces Jesús le dijo a Simón:
“No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Comentario de la Palabra de Dios
Queridos hermanos y hermanas en Cristo Jesús.
Nuevamente nos reencontramos hoy para compartir la Palabra.
Este hermoso pasaje del evangelio describe un hecho simple de la vida de los pescadores y a la vez un hecho extraordinario obrado por el Señor.
La escena se presenta con Jesús como figura principal que está a orillas del lago de Genesaret y la gente se agolpa en torno suyo para oír la palabra de Dios.
La gente está sedienta de Él, de su palabra, y por eso llegan multitudes a escucharlo. Jesús ve dos barcas que estaban junto a la orilla y pide subirse para predicar desde más adentro del mar. El hecho no es intrascendente, pues Jesús sabe bien lo que quiere.
Los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes, habían pasado una noche mala pues no habían pescado nada.
Subió Jesús a una de las barcas, la de Simón, le pidió que la alejara un poco de tierra, y sentado en la barca, enseñaba a la multitud.
Cuando acabó de hablarles, dijo a Simón: “Lleva la barca mar adentro y echen sus redes para pescar”.
Simón replicó: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada; pero, confiado en tu palabra, echaré las redes”.
Seguramente Pedro habría pensado qué puede saber un carpintero sobre pescar. Él, Pedro, que era un experto no había pescado nada y ahora el Maestro le pide que echen las redes… no tenía sentido, ya lo habían intentado y habían fracasado.
Pero hay algo que lo impulsa a obrar y es la frase que le dice a Jesús: “confiado en tu palabra, echaré las redes”
Así lo hizo y atraparon tal cantidad de pescados, que las redes se rompían. Entonces hicieron señas a sus compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a ayudarlos. Vinieron ellos y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían.
Sí, ellos solos no habían pescado nada, pero en el nombre de Jesús habían realizado una pesca milagrosa, tanto que no podían solos y tuvieron que ayudarlos.
Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús y le dijo: “¡Apártate de mí, Señor, porque soy un pecador!”.
Pedro se siente un pecador frente a la persona de Jesús, la fuerza de su persona y de su palabra le han hecho ver la realidad de su vida, de su ser, de su persona y por eso pide a Jesús que se aparte porque es un pecador.
Sin embargo Jesús le dice a Simón:
“No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Luego llevaron las barcas a tierra, y dejándolo todo, lo siguieron.
La predicación de Jesús es algo que no pasa desapercibido y que tiene su fuerza. Sólo cuando Jesús predica y manda obrar en su nombre se producen milagros, y es que su palabra da frutos, convierte, llama, arrastra…
Pedro se siente aturdido frente a tal milagro, se siente indigno de que el Maestro esté en su barca, la barca de un pecador, pero es que la presencia y la predicación del Maestro es purificadora, como sucedió con el profeta Isaías, que ante la presencia de Dios exclamó:
“¡Ay de mí!, estoy perdido, porque soy un hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros, porque he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos”.
Pero esta presencia y esta palabra son purificadoras como la brasa que uno de los serafines llevaba en la mano, que había tomado del altar con unas tenazas. Con la brasa le tocó la boca de Isaías, diciéndole: “Mira: Esto ha tocado tus labios. Tu iniquidad ha sido quitada y tus pecados están perdonados”.
Escuché entonces la voz del Señor que decía: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de parte mía?” Yo le respondí: “Aquí estoy, Señor, envíame”.
Sí, es el Señor el que hace posible el poder seguirlo, el poder estar unido a Él, Él nos purifica y nos va preparando para seguirlo, para amarlo con corazón sincero y dispuesto, pues su palabra nos pone en presencia suya tal cual somos y nos ayuda a reconocernos necesitados de su misericordia y de su redención. Es así que el Señor va obrando y nos dice a cada uno:
“No temas; desde ahora serás pescador de hombres”… y dejándolo todo, lo siguieron.
No tengamos miedo a la llamada de Jesús, él nos capacita para que seamos sus discípulos amados.
“Aquí estoy, Señor, envíame”. Amén.