jueves, 1 de diciembre de 2011

Segundo Domingo de Adviento-Ciclo B


Domingo 04 de Diciembre, 2011

Preparen el camino del Señor
Escucharé las palabras del Señor

Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Isaías (40, 1-5. 9-11)
“Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios. Hablen al corazón de Jerusalén y díganle a gritos que ya terminó el tiempo de su servidumbre y que ya ha satisfecho por sus iniquidades, porque ya ha recibido de manos del Señor castigo doble por todos sus pecados”.
Una voz clama: “Preparen el camino del Señor en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios. Que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen; que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane. Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán”. Así ha hablado la boca del Señor.
Sube a lo alto del monte, mensajero de buenas nuevas para Sión; alza con fuerza la voz, tú que anuncias noticias alegres a Jerusalén. Alza la voz y no temas; anuncia a los ciudadanos de Judá: “Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor, lleno de poder, el que con su brazo lo domina todo. El premio de su victoria lo acompaña y sus trofeos lo anteceden. Como pastor apacentará su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres”.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 84
Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos al Salvador.
Escucharé las palabras del Señor, palabras de paz para su pueblo santo. Está ya cerca nuestra salvación y la gloria del Señor habitará en la tierra.

La misericordia y la verdad se encontraron, la justicia y la paz se besaron, la fidelidad brotó en la tierra y la justicia vino del cielo.

Cuando el Señor nos muestre su bondad, nuestra tierra producirá su fruto. La justicia le abrirá camino al Señor e irá siguiendo sus pisadas.

Segunda Lectura
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro (3, 8-14)
Queridos hermanos: No olviden que para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día. No es que el Señor se tarde, como algunos suponen, en cumplir su promesa, sino que les tiene a ustedes mucha paciencia, pues no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan.
El día del Señor llegará como los ladrones. Entonces los cielos desaparecerán con gran estrépito, los elementos serán destruidos por el fuego y perecerá la tierra con todo lo que hay en ella.
Puesto que todo va a ser destruido, piensen con cuánta santidad y entrega deben vivir ustedes esperando y apresurando el advenimiento del día del Señor, cuando desaparecerán los cielos, consumidos por el fuego, y se derretirán los elementos.
Pero nosotros confiamos en la promesa del Señor y esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia.
Por tanto, queridos hermanos, apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con él, sin mancha ni reproche.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Marcos (1, 1-8)
Gloria a ti, Señor.
Este es el principio del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. En el libro del profeta Isaías está escrito:
He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti, a preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”.
En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados. A él acudían de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán.
Juan usaba un vestido de pelo de camello, ceñido con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Proclamaba: “Ya viene detrás de mí uno que es más poderoso que yo, uno ante quien no merezco ni siquiera inclinarme para desatarle la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Comentario a la Palabra de Dios
            Queridos hermanos y hermanas, que el Dios de la vida permanezca siempre con todos ustedes y que la paz de Cristo habite en sus corazones y sean signo de la presencia del Amor en medio del mundo por medio de la acción del Espíritu Santo, en la espera gozosa del Señor que viene.
            El contexto del que nos habla Isaías se refiere al exilio de Babilonia, y es probable el volver a la tierra prometida por Dios. Isaías invita a confiar en Dios porque su pena ha sido cancelada, sus pecados perdonados y su culpa cancelada por lo sufrido en la esclavitud y por trabajos duros vividos en el exilio: “Consuelen, consuelen a mi pueblo, dice nuestro Dios. Hablen al corazón de Jerusalén y díganle a gritos que ya terminó el tiempo de su servidumbre y que ya ha satisfecho por sus iniquidades, porque ya ha recibido de manos del Señor castigo doble por todos sus pecados”.
            El lenguaje usado nos lleva también a pensar en los tiempos escatológicos, pues nombra elementos de lo que se vivirá un día por la armonía con el Señor al final de los tiempos: “Preparen el camino del Señor en el desierto, construyan en el páramo una calzada para nuestro Dios. Que todo valle se eleve, que todo monte y colina se rebajen; que lo torcido se enderece y lo escabroso se allane. Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán”.
            Enseguida Isaías nombra un “mensajero” (sigue con el mismo lenguaje escatológico), del cual no se da nombre, pero que mirando los evangelios podemos asociar con Juan el Bautista (a quién se refiere el Evangelio de hoy): Sube a lo alto del monte, mensajero de buenas nuevas para Sión; alza con fuerza la voz, tú que anuncias noticias alegres a Jerusalén. Alza la voz y no temas; anuncia a los ciudadanos de Judá: “Aquí está su Dios. Aquí llega el Señor, lleno de poder, el que con su brazo lo domina todo. El premio de su victoria lo acompaña y sus trofeos lo anteceden. Como pastor apacentará su rebaño; llevará en sus brazos a los corderitos recién nacidos y atenderá solícito a sus madres”. Este mensajero anuncia tiempos mejores, tiempos donde reine el Señor.
            El Salmo continúa con el mismo tema y es un canto de esperanza del pueblo en el Señor, pues en ese día Yahvé se hará presente y la justicia y la paz reinarán, y las cosechas prosperarán, es un canto en la espera y la esperanza en un futuro mejor, dado por la salvación de Dios: “Escucharé las palabras del Señor, palabras de paz para su pueblo santo. Está ya cerca nuestra salvación y la gloria del Señor habitará en la tierra”.
            Con la segunda lectura, de la carta de Pedro, profundizamos un poco más sobre este tema, pues se nos sitúa en el debate sobre la segunda venida del Señor, que aquí es presentada como inminente. Las primeras comunidades cristianas vivían en la espera de la segunda venida del Señor como algo que iba a suceder pronto, y se preguntaban cuándo sería ese día en que Jesucristo resucitado volvería para reinar definitivamente. Pedro alude a la “demora” de la segunda venida diciendo que el Señor no se retrasa en cumplir su promesa, sino que usa de la paciencia pues quiere que todos los hombres lleguen a la salvación, pues un día es como mil años y mil años como un día para el Señor: “Queridos hermanos: No olviden que para el Señor, un día es como mil años y mil años, como un día. No es que el Señor se tarde, como algunos suponen, en cumplir su promesa, sino que les tiene a ustedes mucha paciencia, pues no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan”. La “paciencia” de Dios y su “espera” están en función de la conversión del pecador para que se salve, dicho de otra manera, Dios nos tiene paciencia y nos espera en su llamada a convertirnos. Pero esa espera no es infinita, pues exige de nosotros compromiso por aquello que el Señor nos ha regalado (¡su gracia!), por tanto nos invita a estar alertas y vigilantes porque: “el día del Señor llegará como los ladrones”, donde no se sabe ni el día ni la hora en que entrarán.
            “Pero nosotros confiamos en la promesa del Señor”, pues en ese día se inaugurará un nuevo cielo y tierra nueva “en que habite la justicia”. “Por tanto, queridos hermanos, apoyados en esta esperanza, pongan todo su empeño en que el Señor los halle en paz con él, sin mancha ni reproche”:
Y esto es de tal manera porque la gracia de Dios debe encontrar en nosotros un terreno fértil para poder dar sus frutos, pues no se trata de magia, sino de una gracia que responde también a una libertad y apertura, y por tanto a un asumir con responsabilidad el don de la redención recibida de Dios en Cristo Jesús.
            El evangelio de Marcos que leemos hoy se centra en la predicación de Juan el Bautista: “He aquí que yo envío a mi mensajero delante de ti, a preparar tu camino. Voz del que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos”. En él se cumple la profecía de Malaquías que prometía un mensajero delante del Mesías (que sería Elías); y del profeta Isaías que expresa la misión del precursor –como hicimos referencia antes- que viene a preparar el camino de Aquel que ha de venir.
            Juan Bautista proclama un bautismo de conversión como signo de perdón de los pecados y de compromiso de un cambio personal de vida: En cumplimiento de esto, apareció en el desierto Juan el Bautista predicando un bautismo de arrepentimiento, para el perdón de los pecados. A él acudían de toda la comarca de Judea y muchos habitantes de Jerusalén; reconocían sus pecados y él los bautizaba en el Jordán”. “Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.
            La liturgia de hoy nos invita a vivir en la esperanza, a sentir el consuelo de Dios en medio de nuestros pecados y miserias, a confiar en Él en medio de las dificultades sabiendo de la promesa de que es posible un futuro mejor, porque el Señor es fiel a su promesa y su Alianza.
            Que al mirar la figura de Juan Bautista en este tiempo del adviento, nos recuerde la promesa hecha de Dios en nuestras vidas en Jesucristo, y en el gozo de sabernos amados por Dios –que canceló nuestra deuda en Jesús- vivamos dando testimonio ante el mundo de que un futuro mejor es posible cuando se vive el Reino de Dios aquí en la tierra a partir del amor de dios derramado en nuestros corazones experimentando su misericordia que nos llama y mueve a la conversión. Amén. 

sábado, 26 de noviembre de 2011

Primer Domingo de Adviento-Ciclo B


Domingo 27 de Noviembre, 2011

A ti, Señor, levanto mi alma
Señor, muéstranos tu favor y sálvanos

Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Isaías (63, 16-17. 19; 64, 2-7)
Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor; ése es tu nombre desde siempre. ¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte? Vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus que son tu heredad. Ojalá rasgaras los cielos y bajaras, estremeciendo las montañas con tu presencia.
Descendiste y los montes se estremecieron con tu presencia. Jamás se oyó decir, ni nadie vio jamás que otro Dios, fuera de ti, hiciera tales cosas en favor de los que esperan en él. Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos.
Estabas airado porque nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes. Todos éramos impuros y nuestra justicia era como trapo asqueroso; todos estábamos marchitos, como las hojas, y nuestras culpas nos arrebataban, como el viento.
Nadie invocaba tu nombre nadie se levantaba para refugiarse en ti, porque nos ocultabas tu rostro y nos dejabas a merced de nuestra culpas.
Sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 79
Señor, muéstranos tu favor y sálvanos.
Escúchanos, pastor de Israel; tú que estás rodeado de querubines, manifiéstate, despierta tu poder y ven a salvarnos.

Señor, Dios de los ejércitos, vuelve tus ojos, mira tu viña y visítala; protege la cepa plantada por tu mano, el renuevo que tú mismo cultivaste.

Que tu diestra defienda al que elegiste, al hombre que has fortalecido. Ya no nos alejaremos de ti; consérvanos la vida y alabaremos tu poder.

Segunda Lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios (1, 3-9)
Hermanos: Les deseamos la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Cristo Jesús, el Señor.
Continuamente agradezco a mi Dios los dones divinos que les ha concedido a ustedes por medio de Cristo Jesús, ya que por él los ha enriquecido con abundancia en todo lo que se refiere a la palabra y al conocimiento; porque el testimonio que damos de Cristo ha sido confirmado en ustedes a tal grado, que no carecen de ningún don ustedes, los que esperan la manifestación de nuestro Señor Jesucristo. El los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento. Dios es quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Marcos (13, 33-37)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Velen y estén preparados, porque no saben cuándo llegará el momento. Así como un hombre que se va de viaje, deja su casa y encomienda a cada quien lo que debe hacer y encarga al portero que esté velando, así también velen ustedes, pues no saben a qué hora va a regresar el dueño de la casa: si al anochecer, a la medianoche, al canto del gallo o a la madrugada. No vaya a suceder que llegue de repente y los halle durmiendo.
Lo que les digo a ustedes, lo digo para todos: permanezcan alerta”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Comentario a la Palabra de Dios
            Queridos hermanos y hermanas, que el Dios de la vida permanezca siempre con todos ustedes y que la paz de Cristo habite en sus corazones y sean signo de la presencia del Amor en medio del mundo por medio de la acción del Espíritu Santo.
            Hoy comenzamos el nuevo ciclo litúrgico con el Adviento, que es un tiempo de esperanza-espera, esperanza responsable y vigilante ante la venida del Señor, primero, en su segunda venida para coronar su obra de salvación en la eternidad, y segundo, en su primera venida en la carne, nacido de María Virgen.
            En la primera lectura, del profeta Isaías, se nos presenta a Dios como redentor, porque su nombre es tal, y a su debido tiempo hará justicia y obrará la salvación: “Tú, Señor, eres nuestro padre y nuestro redentor; ése es tu nombre desde siempre”. “Descendiste y los montes se estremecieron con tu presencia. Jamás se oyó decir, ni nadie vio jamás que otro Dios, fuera de ti, hiciera tales cosas en favor de los que esperan en él. Tú sales al encuentro del que practica alegremente la justicia y no pierde de vista tus mandamientos”.
            La queja de parte de los hombres se refiere al comportamiento que en cierto modo Dios ha permitido, pero en definitiva, cambia el discurso y se reconoce que no hay una lejanía de Dios sino un desentendimiento del hombre en cumplir y vivir la voluntad de Dios: “¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus mandamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte? Vuélvete, por amor a tus siervos, a las tribus que son tu heredad… Estabas airado porque nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes. Todos éramos impuros y nuestra justicia era como trapo asqueroso; todos estábamos marchitos, como las hojas, y nuestras culpas nos arrebataban, como el viento”.
            La dejadez del pueblo, la corrupción de sus corazones fue poco a poco apagando el celo por Dios y por la Ley, al punto de que “nadie invocaba tu nombre nadie se levantaba para refugiarse en ti, porque nos ocultabas tu rostro y nos dejabas a merced de nuestra culpas”. Pero aún así el Señor se compadece de su pueblo, y lo salva porque: “tú eres nuestro padre; nosotros somos el barro y tú el alfarero; todos somos hechura de tus manos”. Dios no va a dejar que el mal triunfe, pues no por nada se manifestó a los hombres y les reveló su alianza y su proyecto de redención hecho pleno en Jesucristo.
            En el relato del Evangelio se nos invita: “Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa”. Estamos así en tono con la segunda venida de Cristo en su gloria; por eso mientras se realiza la segunda venida de Cristo, todo creyente ha de vivir en fidelidad y constante vigilancia. Para que no suceda como lo que se nos narra en la primera lectura, es necesario vivir en esta actitud de espera vigilante, no por miedo a lo que pueda suceder, sino en la espera gozosa de quien vive en unión de amor con Dios y los hermanos, por eso, el cristiano verdadero es aquél que vive el Evangelio en alerta permanente ante lo eterno, en intimidad con Cristo. Por lo tanto, no podemos vivir adormecidos, olvidándonos del encargo-vocación-misión recibido de Dios. Debemos vivir el Adviento perpetuo de la vida con esperanza y alegría. Por supuesto que esto exige un estar alertas en la espera responsable a Cristo, pues –como dice san Pablo en 1 Corintios 1,3-9-: “Aguardamos la manifestación gloriosa de nuestro Señor Jesucristo”. Porque vivimos ya aquí en la tierra nuestra salvación eterna, el “ya sí, pero todavía no”. Vivir con Cristo significa que nos ayudará a mantenernos firmes e irreprochables hasta su vuelta; nuestra debilidad se vuelve fuerte cuando ponemos nuestra vida y nuestra confianza en Dios, porque Él es el único fiel: “El los hará permanecer irreprochables hasta el fin, hasta el día de su advenimiento. Dios es quien los ha llamado a la unión con su Hijo Jesucristo, y Dios es fiel”.
            Con el Salmo 79 nos animamos a hacer nuestra la oración de pedir la gracia al Señor que nos restaure, que haga brillar su rostro sobre nosotros y nos salve. Que venga a visitar su viña. Amén.

jueves, 17 de noviembre de 2011

Jesucristo, Rey del Universo


Domingo 20 de Noviembre, 2011

Solemnidad
El Señor es mi pastor, nada me falta
¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!

Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Ezequiel (34, 11-12. 15-17)
Esto dice el Señor Dios:
“Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y velaré por ellas. Así como un pastor vela por su rebaño cuando  las ovejas se encuentran dispersas, así velaré yo por mis ovejas e iré por ellas a todos los  lugares por  donde se dispersaron un día de niebla y oscuridad.
Yo mismo apacentaré a mis ovejas, yo mismo las haré reposar, dice el Señor Dios. Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré. Yo las apacentaré con justicia.
En cuanto a ti, rebaño mío, he aquí que yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 22
El Señor es mi pastor, nada me faltará.
El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace reposar y hacia fuentes tranquilas me conduce para reparar mis fuerzas.

Tú mismo me preparas la mesa, a despecho de mis adversarios; me unges la cabeza con perfume y llenas mi copa hasta los bordes.

Tu bondad y tu misericordia me acompañarán todos los días de mi vida; y viviré en la casa del Señor por años sin término.
Segunda Lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los corintios (15, 20-26. 28)
Hermanos: Cristo resucitó, y resucitó como la primicia de todos los muertos. Porque si por un hombre vino la muerte, también por un hombre vendrá la resurrección de los muertos.
En efecto, así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos volverán a la vida; pero cada uno en su orden: primero Cristo, como primicia; después, a la hora de su advenimiento, los que son de Cristo.
Enseguida será la consumación, cuando, después de haber aniquilado todos los poderes del mal, Cristo entregue el Reino a su Padre. Porque él tiene que reinar hasta que el Padre ponga bajo sus pies a todos sus enemigos. El último de los enemigos en ser aniquilado, será la muerte. Al final, cuando todo se le haya sometido, Cristo mismo se someterá al Padre, y así Dios será todo en todas las cosas.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Mateo (25, 31-46)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria,  acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria.  Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su  izquierda.
Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del Reino  preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron,  enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’. Los justos le contestarán entonces: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos  de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te  fuimos a ver?’ Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis  hermanos, conmigo lo hicieron’.
Entonces dirá también a los de la izquierda: ‘Apártense de mí, malditos; vayan al fuego eterno, preparado  para el diablo y sus ángeles; porque estuve hambriento y no me dieron de comer, sediento y no me dieron de beber, era forastero y no me hospedaron, estuve desnudo y no me vistieron, enfermo y  encarcelado y no me visitaron’.
Entonces ellos le responderán: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, de forastero o desnudo,  enfermo o encarcelado y no te asistimos?’
Y él les replicará: ‘Yo les aseguro que, cuando no lo hicieron con uno de aquellos más insignificantes,  tampoco lo hicieron conmigo. Entonces irán éstos al castigo eterno y los justos a la vida eterna’”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Comentario a la Palabra de Dios
            Queridos hermanos y hermanas, que el Dios de la vida permanezca siempre con todos ustedes y que la paz de Cristo habite en sus corazones y sean signo de la presencia del Amor en medio del mundo por medio de la acción del Espíritu Santo.
            En la primera lectura el profeta Ezequiel nos presenta la imagen del pastor y su rebaño, una imagen muy común y arraigada en la experiencia del pueblo, de origen nómada y de una civilización de pastores. Dios, por boca del profeta Ezequiel denuncia los abusos de los pastores de Israel y frente a esto, anuncia que será el mismo Dios quien será el verdadero Pastor del rebaño.
            Para contextualizar, nos encontramos en el tiempo de la diáspora de Israel y del exilio de Israel en Babilonia. Una monarquía incapaz llevó al pueblo a la dispersión y al exilio. Por eso será el mismo Yahvéh quien salvará a su pueblo haciéndose y siendo el Pastor, y lo hará saliendo a buscar las ovejas descarriadas, a las perdidas, a las que están dispersas, y una vez reunidas las llevará a la tierra de donde fueron sacadas: “Buscaré a la oveja perdida y haré volver a la descarriada; curaré a la herida, robusteceré a la débil, y a la que está gorda y fuerte, la cuidaré. Yo las apacentaré con justicia. En cuanto a ti, rebaño mío, he aquí  que yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”. En la figura del Pastor, Dios expresa los sentimientos y deseos de su corazón.
            El texto de Ezequiel termina con que Dios juzgará entre “entre oveja y oveja, entre carneros y machos cabríos”, y es de lo que en definitiva nos habla el Evangelio de hoy, el juicio universal: “Cuando venga el Hijo del hombre, rodeado de su gloria, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria.  Entonces serán congregadas ante él todas las naciones, y él apartará a los unos de los otros, como aparta el pastor a las ovejas de los cabritos, y pondrá a las ovejas a su derecha y a los cabritos a su izquierda”.
            El juicio del cual habla el Evangelio será (como dice San Juan de la Cruz) sobre el amor, según las obras de amor hacia el prójimo; no habla de una mayor o menor fe, o de otras cosas, sino de las obras de caridad para con el prójimo, en donde está Jesús mismo representado. No interesa tampoco si se dieron o no cuenta si estaba o no Jesús en quienes hicieron –o no- la obra de caridad. Así, las obras que pueden salvarnos son las que son hechas con amor, pues seremos juzgados por el amor.
            Lo que acabamos de decir lo vemos en la pregunta que hacen los que son llamados “bienaventurados” o “benditos de mi Padre”(que por otra parte es la misma que hacen los que son llamados “malditos”: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de  beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?”. Hay un asombro por parte de ellos al darse cuenta que cada vez que realizaban estos gestos lo hacían con el Señor: “Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más  insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron”. Y lo mismo será para los otros, cada vez que no hicieron algo por uno de estos mis hermanos tampoco lo hicieron conmigo, dice Jesús.
            Cada uno con sus obras, con el vivir o no el amor y la caridad va construyendo su futuro, nada se improvisa en esta vida ni en la otra, por eso los textos del capítulo 25 de Mateo son una serie de parábolas o relatos que nos hablan de los que sucederá, en todas se refleja la escatología. Pero también en cada una se resaltan distintas cosas, las cuales se deben vivir ya desde ahora: como el estar vigilante, con las lámparas encendidas, en gracia de Dios, cumpliendo con el servicio encargado por el Dueño de casa, poniendo en práctica el talento recibido para cuando regrese el Señor, etc.
            El texto de hoy se refiere al cumplimiento del mandamiento del amor, de la caridad (o a su incumplimiento), con el cual ya uno anticipa en este mundo lo que será luego en el juicio final. Aún cuando no sepan que lo hecho por el prójimo es también realizado en Jesús, hay una actitud de fondo, que es lo que Jesús nos relata en la parábola del buen samaritano: alguien que se toma en serio el cuidado del otro, aún cuando es extranjero, aún cuando no lo conoce, se hace cargo del otro. Y es quizás lo difícil de vivir intentando ser fieles al amor, a la caridad, pues no siempre –y sobre todo hoy día donde hay tanta inseguridad- se está dispuesto a abrir las puertas a alguien que no se conoce; pero Jesús no habla de conocidos o no, sino de personas que pasan alguna necesidad por distintos motivos; tampoco juzga porqué se dan esas situaciones, sólo mira el bien que se puede hacer a aquél que está necesitado.
            Creo que una imagen concreta y real de ese amor al prójimo como nos es presentado en el Evangelio de hoy, se da en la beata Madre Teresa de Calcuta, ella sintió la necesidad de servir a Jesús en los más pobres entre los pobres.
            El Cristo que se nos manifestó, que se nos dio a conocer es la imagen de un Dios solidario, que aún en la cruz se hace solidario con nuestro pecado y nuestras miserias, y eso quiere que hagamos también nosotros, que seamos solidarios en la caridad con aquellos que nos necesitan. Podemos comenzar por casa, por aquellos de nuestro entorno familiar y de amigos que necesitan de nosotros, veamos en ellos a un Jesús que nos pide que lo cuidemos, que lo asistamos, que lo amemos.
            En la segunda lectura San Pablo nos presenta a Cristo y su resurrección: “Cristo resucitó, y resucitó como la primicia de todos los muertos. Porque si por un hombre vino la muerte, también por un hombre vendrá la resurrección de los muertos.
En efecto, así como en Adán todos mueren, así en Cristo todos volverán a la vida...
Enseguida será la consumación, cuando, después de haber aniquilado todos los poderes del mal, Cristo entregue el Reino a su Padre. Porque él tiene que reinar hasta que el Padre ponga bajo sus pies a todos sus enemigos… y así Dios será todo en todas las cosas”. San Pablo enseña que así como Jesucristo ha resucitado, también nosotros resucitaremos.
            La solemnidad que celebramos hoy de Cristo Rey se refiere precisamente a lo que las lecturas nos han propuesto. Cristo vino a la tierra para instaurar el Reino de Dios, Él mismo es el reino de Dios aquí en la tierra, y se continúa construyendo su Reino aquí en la medida en que nosotros lo hagamos presente con nuestras vidas y nuestras obras, realizando lo que Él mismo nos enseñó con sus palabreas y obras.
            Pidamos la gracia al Señor de poder vivir siempre amando a Jesús e incorporando su mensaje en nosotros, para poder vivirlo con cada uno de nuestros hermanos. Amén.



A continuación una reseña de la Solemnidad de hoy:

ÚLTIMO DOMINGO DEL AÑO LITÚRGICO:

Cristo es el Rey del universo y de cada uno de nosotros.

Es una de las fiestas más importantes del calendario litúrgico, porque celebramos que Cristo es el Rey del universo. Su Reino es el Reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz.

Un poco de historia

La fiesta de Cristo Rey fue instaurada por el Papa Pío XI el 11 de Marzo de 1925.
El Papa quiso motivar a los católicos a reconocer en público que el mandatario de la Iglesia es Cristo Rey.

Posteriormente se movió la fecha de la celebración dándole un nuevo sentido. Al cerrar el año litúrgico con esta fiesta se quiso resaltar la importancia de Cristo como centro de toda la historia universal. Es el alfa y el omega, el principio y el fin. Cristo reina en las personas con su mensaje de amor, justicia y servicio. El Reino de Cristo es eterno y universal, es decir, para siempre y para todos los hombres.

Con la fiesta de Cristo Rey se concluye el año litúrgico. Esta fiesta tiene un sentido escatólogico pues celebramos a Cristo como Rey de todo el universo. Sabemos que el Reino de Cristo ya ha comenzado, pues se hizo presente en la tierra a partir de su venida al mundo hace casi dos mil años, pero Cristo no reinará definitivamente sobre todos los hombres hasta que vuelva al mundo con toda su gloria al final de los tiempos, en la Parusía.

Si quieres conocer lo que Jesús nos anticipó de ese gran día, puedes leer el Evangelio de Mateo 25,31-46.

En la fiesta de Cristo Rey celebramos que Cristo puede empezar a reinar en nuestros corazones en el momento en que nosotros se lo permitamos, y así el Reino de Dios puede hacerse presente en nuestra vida. De esta forma vamos instaurando desde ahora el Reino de Cristo en nosotros mismos y en nuestros hogares, empresas y ambiente.

Jesús nos habla de las características de su Reino a través de varias parábolas en el capítulo 13 de Mateo:

“es semejante a un grano de mostaza que uno toma y arroja en su huerto y crece y se convierte en un árbol, y las aves del cielo anidan en sus ramas”;

“es semejante al fermento que una mujer toma y echa en tres medidas de harina hasta que fermenta toda”; “es semejante a un tesoro escondido en un campo, que quien lo encuentra lo oculta, y lleno de alegría, va, vende cuanto tiene y compra aquel campo”;

“es semejante a un mercader que busca perlas preciosas, y hallando una de gran precio, va, vende todo cuanto tiene y la compra”.

En ellas, Jesús nos hace ver claramente que vale la pena buscarlo y encontrarlo, que vivir el Reino de Dios vale más que todos los tesoros de la tierra y que su crecimiento será discreto, sin que nadie sepa cómo ni cuándo, pero eficaz.

La Iglesia tiene el encargo de predicar y extender el reinado de Jesucristo entre los hombres. Su predicación y extensión debe ser el centro de nuestro afán vida como miembros de la Iglesia. Se trata de lograr que Jesucristo reine en el corazón de los hombres, en el seno de los hogares, en las sociedades y en los pueblos. Con esto conseguiremos alcanzar un mundo nuevo en el que reine el amor, la paz y la justicia y la salvación eterna de todos los hombres.

Para lograr que Jesús reine en nuestra vida, en primer lugar debemos conocer a Cristo. La lectura y reflexión del Evangelio, la oración personal y los sacramentos son medios para conocerlo y de los que se reciben gracias que van abriendo nuestros corazones a su amor. Se trata de conocer a Cristo de una manera experiencial y no sólo teológica.

Acerquémonos a la Eucaristía, Dios mismo, para recibir de su abundancia. Oremos con profundidad escuchando a Cristo que nos habla.

Al conocer a Cristo empezaremos a amarlo de manera espontánea, porque Él es toda bondad. Y cuando uno está enamorado se le nota.

El tercer paso es imitar a Jesucristo. El amor nos llevará casi sin darnos cuenta a pensar como Cristo, querer como Cristo y a sentir como Cristo, viviendo una vida de verdadera caridad y autenticidad cristiana. Cuando imitamos a Cristo conociéndolo y amándolo, entonces podemos experimentar que el Reino de Cristo ha comenzado para nosotros.

Por último, vendrá el compromiso apostólico que consiste en llevar nuestro amor a la acción de extender el Reino de Cristo a todas las almas mediante obras concretas de apostolado. No nos podremos detener. Nuestro amor comenzará a desbordarse.

Dedicar nuestra vida a la extensión del Reino de Cristo en la tierra es lo mejor que podemos hacer, pues Cristo nos premiará con una alegría y una paz profundas e imperturbables en todas las circunstancias de la vida.

A lo largo de la historia hay innumerables testimonios de cristianos que han dado la vida por Cristo como el Rey de sus vidas. Un ejemplo son los mártires de la guerra cristera en México en los años 20’s, quienes por defender su fe, fueron perseguidos y todos ellos murieron gritando “¡Viva Cristo Rey!”.

La fiesta de Cristo Rey, al finalizar el año litúrgico es una oportunidad de imitar a estos mártires promulgando públicamente que Cristo es el Rey de nuestras vidas, el Rey de reyes, el Principio y el Fin de todo el Universo.