sábado, 26 de enero de 2013

Tercer Domingo del tiempo ordinario – Ciclo C



Libro de Nehemías 8,2-4a.5-6.8-10. 
El sacerdote Esdras trajo la Ley ante la Asamblea, compuesta por los hombres, las mujeres y por todos los que podían entender lo que se leía. Era el primer día del séptimo mes. 
Luego, desde el alba hasta promediar el día, leyó el libro en la plaza que está ante la puerta del Agua, en presencia de los hombres, de las mujeres y de todos los que podían entender. Y todo el pueblo seguía con atención la lectura del libro de la Ley.
 
Esdras, el escriba, estaba de pie sobre una tarima de madera que habían hecho para esa ocasión. Junto a él, a su derecha, estaban Matitías, Semá, Anaías, Urías, Jilquías y Maaseías, y a su izquierda Pedaías, Misael, Malquías, Jasúm, Jasbadaná, Zacarías y Mesulám.
 
Esdras abrió el libro a la vista de todo el pueblo - porque estaba más alto que todos - y cuando lo abrió, todo el pueblo se puso de pie.
 
Esdras bendijo al Señor, el Dios grande y todo el pueblo, levantando las manos, respondió: "¡Amén! ¡Amén!". Luego se inclinaron y se postraron delante del Señor con el rostro en tierra.
 
Ellos leían el libro de la Ley de Dios, con claridad, e interpretando el sentido, de manera que se comprendió la lectura.
 
Entonces Nehemías, el gobernador, Esdras, el sacerdote escriba, y los levitas que instruían al pueblo, dijeron a todo el pueblo: "Este es un día consagrado al Señor, su Dios: no estén tristes ni lloren". Porque todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley.
 
Después añadió: "Ya pueden retirarse; coman bien, beban un buen vino y manden una porción al que no tiene nada preparado, porque este es un día consagrado a nuestro Señor. No estén tristes, porque la alegría en el Señor es la fortaleza de ustedes".
 

Salmo
 19(18),8.9.10.15. 
La ley del Señor es perfecta, 
reconforta el alma;
 
el testimonio del Señor es verdadero,
 
da sabiduría al simple.
 

Los preceptos del Señor son rectos,
 
alegran el corazón;
 
los mandamientos del Señor son claros,
 
iluminan los ojos.
 

La palabra del Señor es pura,
 
permanece para siempre;
 
los juicios del Señor son la verdad,
 
enteramente justos.
 

¡Ojalá sean de tu agrado
 
las palabras de mi boca,
 
y lleguen hasta ti mis pensamientos,
 
Señor, mi Roca y mi redentor!
 



Carta I de San Pablo a los Corintios
 12,12-30. 
Así como el cuerpo tiene muchos miembros, y sin embargo, es uno, y estos miembros, a pesar de ser muchos, no forman sino un solo cuerpo, así también sucede con Cristo. 
Porque todos hemos sido bautizados en un solo Espíritu para formar un solo Cuerpo -judíos y griegos, esclavos y hombres libres- y todos hemos bebido de un mismo Espíritu.
 
El cuerpo no se compone de un solo miembro sino de muchos.
 
Si el pie dijera: "Como no soy mano, no formo parte del cuerpo", ¿acaso por eso no seguiría siendo parte de él?
 
Y si el oído dijera: "Ya que no soy ojo, no formo parte del cuerpo", ¿acaso dejaría de ser parte de él?
 
Si todo el cuerpo fuera ojo, ¿dónde estaría el oído? Y si todo fuera oído, ¿dónde estaría el olfato?
 
Pero Dios ha dispuesto a cada uno de los miembros en el cuerpo, según un plan establecido.
 
Porque si todos fueran un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo?
 
De hecho, hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo.
 
El ojo no puede decir a la mano: "No te necesito", ni la cabeza, a los pies: "No tengo necesidad de ustedes".
 
Más aún, los miembros del cuerpo que consideramos más débiles también son necesarios,
 
y los que consideramos menos decorosos son los que tratamos más decorosamente. Así nuestros miembros menos dignos son tratados con mayor respeto,
 
ya que los otros no necesitan ser tratados de esa manera. Pero Dios dispuso el cuerpo, dando mayor honor a los miembros que más lo necesitan,
 
a fin de que no haya divisiones en el cuerpo, sino que todos los miembros sean mutuamente solidarios.
 
¿Un miembro sufre? Todos los demás sufren con él. ¿Un miembro es enaltecido? Todos los demás participan de su alegría.
 
Ustedes son el Cuerpo de Cristo, y cada uno en particular, miembros de ese Cuerpo.
 
En la Iglesia, hay algunos que han sido establecidos por Dios, en primer lugar, como apóstoles; en segundo lugar, como profetas; en tercer lugar, como doctores. Después vienen los que han recibido el don de hacer milagros, el don de curar, el don de socorrer a los necesitados, el don de gobernar y el don de lenguas.
 
¿Acaso todos son apóstoles? ¿Todos profetas? ¿Todos doctores? ¿Todos hacen milagros?
 
¿Todos tienen el don de curar? ¿Todos tienen el don de lenguas o el don de interpretarlas?
 

Evangelio según San Lucas
 1,1-4.4,14-21. 
Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, 
tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra.
 
Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado,
 
a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.
 
Jesús volvió a Galilea con del poder el Espíritu y su fama se extendió en toda la región.
 
Enseñaba en las sinagogas y todos lo alababan.
 
Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura.
 
Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
 
El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos
 
y proclamar un año de gracia del Señor.
 
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.
 
Entonces comenzó a decirles: "Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír".
 

 Comentario a la Palabra de Dios
         Queridos hermanos y hermanas, que el Dios de la vida permanezca siempre con todos ustedes y que su paz de Cristo habite en sus corazones y sean signo de la presencia del Amor en medio del mundo por medio de la acción del Espíritu Santo.
         El evangelista san Lucas será quien nos presente a Jesús en este año litúrgico, hoy se presenta él mismo dirigiendo su evangelio a Teófilo: inicia diciendo “Excelentísimo Teófilo”, significa “amigo de Dios”, y seguramente podemos decir que nos dedica a cada uno de nosotros el Evangelio, a los que queremos ser o somos amigos de Dios.
         Y continúa: “Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros. Siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la Palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido”.
         Después de la presentación que hace él mismo de lo que quiere comunicarnos, nos presenta a Jesús pasando desde el Jordán a Galilea donde va a hacer la mayor parte de su apostolado: “Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu y su fama se extendió por toda la comarca”.
         Jesús tenía “como treinta años”, entró en la sinagoga de su pueblo, tomó el rollo de la Biblia y leyó al profeta Isaías: “El Espíritu del Señor está sobre mí porque Él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres…” y enrollando el libro se presentó él mismo como el Ungido de Dios: “hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír”.
         Por su parte, el libro de Nehemías nos relata cómo fue la presentación de la Ley en la “plaza de la puerta del Agua” a la multitud que había regresado del destierro de Babilonia. La gente adoró a Dios y escuchó emocionada hasta el llanto. Regresaban nuevamente a Jerusalén, y en este reencontrarse con la Palabra de Dios, veían lo lejos que estaban de haberla cumplido y por eso lloraban.
         Esdras, el sacerdote y escriba, y los levitas leían e interpretaban las Escrituras al pueblo, y junto con Nehemías el gobernador, insistían al pueblo diciendo: “Hoy es un día consagrado al Señor, no hagáis duelo ni lloréis”. Luego los despidieron mandándoles hacer fiesta: “No estéis tristes, pues el gozo en el Señor es vuestra fortaleza”, y que compartieran con aquellos que menos tenían atendiendo a las necesidades de los demás.
         El salmo responsorial hace hincapié en la fuerza de la Palabra de Dios: “Tus palabras, Señor, son espíritu y vida”, “la ley del Señor es perfecta y es descanso del alma…”.
         San Pablo a los Corintios enseña que todos formamos una unidad y hace esta comparación:
“Lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos son un solo cuerpo, así también es Cristo”.
         Los cristianos que siendo muchos y diferentes formamos una unidad en Cristo, Él es la cabeza y nosotros los miembros, y  cada uno debe cumplir su función, manteniéndonos todos en la unidad (que no es lo mismo que uniformidad).
         Las lecturas nos dejan claramente un mensaje sobre la Palabra de Dios: Ella es guía, es alimento, es caricia, es bálsamo, es norma, es Dios, es Jesús, y debemos llevarla en nuestro corazón, ¿cómo? Acercándonos más a Ella, mediante la lectura y meditación, mediante el estudio serio, pues allí es donde nos alimentamos y donde somos sostenidos y donde nos confrontamos para vivir como lo hicieron los apóstoles, como verdaderos “amigos de Dios” (como verdaderos Teófilos), y en ella encontraremos la unidad en la diversidad, pues la misma Palabra será también portadora para nosotros de dones y carismas para el servicio de la comunidad en la unidad de Cristo, cabeza del cuerpo. Amén.

         “Sacia tu sed en el Antiguo Testamento para, seguidamente, beber del Nuevo. Si tú no bebes del primero, no podrás beber del segundo. Bebe del primero para atenuar tu sed, del segundo para saciarla completamente... Bebe de la copa del Antiguo Testamento y del Nuevo, porque en los dos es a Cristo a quien bebes. Bebe a Cristo, porque es la vid (Jn 15,1), es la roca que hace brotar el agua (1Co, 10,3), es la fuente de la vida (Sal 36,10). Bebe a Cristo porque él es “el correr de las acequias que alegra la ciudad de Dios” (Sal 45,5), él es la paz (Ef 2,14) y “de su seno nacen los ríos de agua viva” (Jn 7,38). Bebe a Cristo para beber de la sangre de tu redención y del Verbo de Dios. El Antiguo Testamento es su palabra, el Nuevo lo es también. Se bebe la Santa Escritura y se la come; entonces, en las venas del espíritu y en la vida del alma desciende el Verbo eterno. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra de Dios” (Dt 8,3; Mt 4,4). Bebe, pues de este Verbo, pero en el orden conveniente. Bebe primero del Antiguo Testamento, y después, sin tardar, del Nuevo.
         Dice él mismo, como si tuviera prisa: “Pueblo que camina en las tinieblas, mira esta gran luz; tú, que habitas en un país de muerte, sobre ti se levanta una luz” (Is 9,1 LXX). Bebe, pues, y no esperes más y una gran luz te iluminará; no la luz normal de cada día, del sol o de la luna, sino esta luz que rechaza la sombra de la muerte”.
         San Ambrosio (c 340-397), obispo de Milán y maestro de San Agustín, doctor de la Iglesia 
Comentario al salmo 1, 33; CSEL 64, 28-30

jueves, 8 de noviembre de 2012

Trigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B


Domingo 11 de Noviembre, 2012


El Señor siempre es fiel a su palabra
El Señor es mi pastor, nada me falta

Primera Lectura
Lectura del primer libro de los Reyes (17, 10-16)
En aquel tiempo, el profeta Elías se puso en camino hacia Sarepta. Al llegar a la puerta de la ciudad, encontró allí a una viuda que recogía leña.
La llamó y le dijo:
“Tráeme, por favor, un poco de agua para beber”. Cuando ella se alejaba, el profeta le gritó:
“Por favor, tráeme también un poco de pan”. Ella le respondió:
“Te juro por el Señor, tu Dios, que no me queda ni un pedazo de pan; tan sólo me queda un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en la vasija. Ya ves que estaba recogiendo unos cuantos leños. Voy a preparar un pan para mí y para mi hijo. Nos lo comeremos y luego moriremos”.
Elías le dijo:
“No temas. Anda y prepáralo como has dicho; pero primero haz un panecillo para mí y tráemelo. Después lo harás para ti y para tu hijo, porque así dice el Señor Dios de Israel: ‘La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra’ ”.
Entonces ella se fue, hizo lo que el profeta le había dicho y comieron él, ella y el niño. Y tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 145
El Señor siempre es fiel a su palabra.
El Señor siempre es fiel a su palabra, y es quien hace justicia al oprimido; él proporciona pan a los hambrientos y libera al cautivo.

Abre el Señor los ojos de los ciegos y alivia al agobiado. Ama el Señor al hombre justo y toma al forastero a su cuidado.

A la viuda y al huérfano sustenta y trastorna los planes del inicuo. Reina el Señor eternamente, reina tu Dios, oh Sión, reina por siglos.

Segunda Lectura
Lectura de la carta a los hebreos (9, 24-28)
Hermanos:
Cristo no entró en el santuario de la antigua alianza, construido por mano de hombres y que sólo era figura del verdadero, sino en el cielo mismo, para estar ahora en la presencia de Dios, intercediendo por nosotros.
En la antigua alianza, el sumo sacerdote entraba cada año en el santuario para ofrecer una sangre que no era la suya; pero Cristo no tuvo que ofrecerse una y otra vez a sí mismo en sacrificio, porque en tal caso habría tenido que padecer muchas veces desde la creación del mundo. De hecho, él se manifestó una sola vez, en el momento culminante de la historia, para destruir el pecado con el sacrificio de sí mismo.
Así como está determinado que los hombres mueran una sola vez y que después de la muerte venga el juicio, así también Cristo se ofreció una sola vez para quitar los pecados de todos. Al final se manifestará por segunda vez, pero ya no para quitar el pecado, sino para salvación de aquellos que lo aguardan y en él tienen puesta su esperanza.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Marcos (12, 38-44)
Gloria a ti Señor.
En aquel tiempo, enseñaba Jesús a la multitud y le decía:
“¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplios ropajes y recibir reverencias en las calles; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; se echan sobre los bienes de las viudas haciendo ostentación de largos rezos. Estos recibirán un castigo muy riguroso”.
En una ocasión Jesús estaba sentado frente a las alcancías del templo, mirando cómo la gente echaba allí sus monedas. Muchos ricos daban en abundancia.
En esto, se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Llamando entonces a sus discípulos, Jesús les dijo:
“Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
 Comentario a la Palabra de Dios
         Queridos hermanos y hermanas, que el Dios de la vida permanezca siempre con todos ustedes y que su paz de Cristo habite en sus corazones y sean signo de la presencia del Amor en medio del mundo por medio de la acción del Espíritu Santo.
         Dios no pide mucho, pide todo.
         La primera lectura del libro 1° de Reyes presenta el caso de una viuda de Sarepta que, ante una sequía grande que vive Israel, llega a compartir lo único que tiene con el profeta Elías que le pide le dé de comer. Frente a tal situación extrema, y ante la necesidad de mantenerse aferrada a la vida con lo poco de que dispone, se ve obligada por el profeta Elías a compartir con él aquello que tiene y que le prolongará sólo unas horas más de vida a ella y a su hijo. La obediencia y generosidad de la viuda es bendecida por Dios, pues como había anunciado el profeta: no faltó harina en la tinaja ni aceite en la vasija.
         En el relato del Evangelio, que es continuación del anterior donde se nos hablaba del o de los mandamientos principales: el amor a Dios y el amor al prójimo, Jesús enseña e instruye a la multitud diciéndoles que se cuiden de los escribas pues les gusta “pasearse con amplios ropajes y recibir reverencias en las calles; buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; se echan sobre los bienes de las viudas haciendo ostentación de largos rezos. Estos recibirán un castigo muy riguroso”.
         Es como si Jesús pusiera en guardia a la multitud sobre estas cosas que hablan poco y nada de este gran mandamiento del amor que nos hace estar cerca del Reino de los Cielos.
         Y fue así en una ocasión que Jesús, sentado frente a las alcancías del templo, miraba cómo la gente echaba allí sus monedas. Muchos ricos daban en abundancia, pero se acercó una viuda pobre y echó dos moneditas de muy poco valor. Este gesto fue apreciado por Jesús y llamó entonces a sus discípulos, Jesús les dijo: “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza, ha echado todo lo que tenía para vivir”.
         Dice San Pablo en la 2° carta a los corintios: “el que siembra con mezquindad, cosechará también con mezquindad; el que siembra en abundancia, cosechará también en abundancia. Cada cual dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, pues: Dios ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para colmarlos de toda gracia a fin de que teniendo, siempre y en todo, todo lo necesario, tengan aún sobrante para toda obra buena” (2Co 9, 6-8). Esto significa que cuando se comparte con generosidad aún lo poco que se pueda tener, Dios hace que se multiplique, porque “Dios ama al que da con alegría”.
         Es que Dios cuando no llama, no pide mucho, pide TODO, y ese todo exige de nosotros una entrega total, para vivir en la disponibilidad de su providencia y amor. Parece una utopía, pero es lo que vivió, por ejemplo, san Francisco de Asís en su radicalidad en el vivir la pobreza. Dio todo y se dio por entero a Dios y a los hermanos, no se dejó nada para sí mismo.
         Hoy en día se hace más difícil vivir el desprendimiento de los bienes, porque vivimos en un mundo que nos crea necesidades, y muchas de ellas no son realmente necesarias e indispensables para vivir, pero podemos comenzar por ver qué cosas no son tan importantes e ir despojándonos de aquello que es superfluo para ofrecerlo a Dios y a aquellos hermanos que más necesitan, recordando el principal mandamiento del amor a Dios y el amor al prójimo.
         Pidamos al Señor que nos bendiga con la generosidad de la viuda de Sarepta y la viuda del evangelio, para que nuestra vida sea una total entrega a Dios, en la disponibilidad de un corazón generoso y desprendido de los bienes materiales, y generoso en el colaborar con el bien de nuestros hermanos que verdaderamente nos necesitan, como lo hizo la beata Madre Teresa de Calcuta. Amén.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Vigésimo Sexto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B


Domingo 30 de Septiembre, 2012

Día del Señor
Tu palabra, Señor, es la verdad
La voluntad de Dios es santa

Primera Lectura
Lectura del libro de los Números (11, 25-29)
En aquellos días, el Señor descendió de la nube y habló con Moisés. Tomó del espíritu que reposaba sobre Moisés y se lo dio a los setenta ancianos.
Cuando el espíritu se posó sobre ellos, se pusieron a profetizar. Se habían quedado en el campamento dos hombres: uno llamado Eldad y otro, Medad. También sobre ellos se posó el espíritu, pues aunque no habían ido a la reunión, eran de los elegidos y ambos comenzaron a profetizar en el campamento.
Un muchacho corrió a contarle a Moisés que Eldad y Medad estaban profetizando en el campamento. Entonces Josué, hijo de Nun, que desde muy joven era ayudante de Moisés, le dijo:
“Señor mío, prohíbeselo”.
Pero Moisés le respondió:
“¿Crees que voy a ponerme celoso? Ojalá que todo el pueblo de Dios fuera profeta y descendiera sobre todos ellos el espíritu del Señor”.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 18
Los mandamientos del Señor alegran el corazón.
La ley del Señor es perfecta del todo y reconforta el alma; inmutables son las palabras del Señor y hacen sabio al sencillo.

La voluntad de Dios es santa y para siempre estable; los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos.

Aunque tu servidor se esmera en cumplir tus preceptos con cuidado, ¿quién no falta, Señor, sin advertirlo? Perdona mis errores ignorados.

Presérvame, Señor, de la soberbia, no dejes que el orgullo me domine; así, del gran pecado tu servidor podrá encontrarse libre.

Segunda Lectura
Lectura de la carta del apóstol Santiago (5, 1-6)
Lloren y laméntense, ustedes, los ricos, por las desgracias que les esperan. Sus riquezas se han corrompido; la polilla se ha comido sus vestidos; enmohecidos están su oro y su plata, y ese moho será una prueba contra ustedes y consumirá sus carnes, como el fuego. Con esto ustedes han atesorado un castigo para los últimos días.
El salario que ustedes han defraudado a los trabajadores que segaron sus campos está clamando contra ustedes; sus gritos han llegado hasta el oído del Señor de los ejércitos. Han vivido ustedes en este mundo entregados al lujo y al placer, engordando como reses para el día de la matanza. Han condenado a los inocentes y los han matado, porque no podían defenderse.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Marcos (9, 38-43. 45. 47-48)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Juan le dijo a Jesús:
“Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos”.
Pero Jesús le respondió:
“No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí. Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor. Todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa.
Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar.
Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
 Comentario a la Palabra de Dios
         Queridos hermanos y hermanas, que el Dios de la vida permanezca siempre con todos ustedes y que su paz de Cristo habite en sus corazones y sean signo de la presencia del Amor en medio del mundo por medio de la acción del Espíritu Santo.
         Un clave de comprensión para las lecturas de este domingo puede ser: nadie puede ser excluido de trabajar en el servicio que se realiza en nombre de Dios.
         En el evangelio de hoy se nos dice que Juan le dijo a Jesús: “Hemos visto a uno que expulsaba a los demonios en tu nombre, y como no es de los nuestros, se lo prohibimos”. Pero Jesús le respondió: “No se lo prohíban, porque no hay ninguno que haga milagros en mi nombre, que luego sea capaz de hablar mal de mí. Todo aquel que no está contra nosotros, está a nuestro favor”.
         Jesús les hace ver a sus discípulos que el trabajo por el Reino de Dios no es privativo de unos pocos sino que está abierto a todos los que quieran colaborar en su Nombre, pues todo aquel que se preocupa por las mismas cosas que enseñó Cristo es colaborador de su obra, y es más, todo aquel que obra el bien en nombre de Jesús, aún sin haberlo conocido o seguido, es en cierto modo un colaborador de su obra. Debemos tratar de involucrar al mayor número de gente en el trabajo por el Reino, pues Jesús vino para todos y no para unos pocos e invitó a toda la humanidad a realizar este camino de santidad. Es lo mismo que sucede con Moisés y los setenta ancianos que fueron designados para ayudar a Moisés y tratar los asuntos pertinentes para no sobrecargarlo; pero sucedió que cuando descendió el Espíritu de Dios, descendió también sobre Eldad y Medad que no estaban con el resto, y Josué fue a decirle que ellos profetizaban sin autorización a lo cual Moisés lo reprende diciendo que ojalá todos pudieran profetizar. Si obran desde Dios y en su nombre ¿por qué impedírselo?
         Otro tema que nos propone el evangelio es que “todo aquel que les dé a beber un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no se quedará sin recompensa”. Es decir, Jesús enseña que aquellos que ofrecen algo a los que son de Cristo ya tienen su recompensa, pues ya lo están haciendo al mismo Cristo; y en definitiva, todos somos de Cristo pues Él nos compró para sí con su propia sangre derramada en la cruz. Somos suyos y a Él pertenecemos.
         Un punto al cual se dedica una buena parte aquí es al tema del escándalo: “Al que sea ocasión de pecado para esta gente sencilla que cree en mí, más le valdría que le pusieran al cuello una de esas enormes piedras de molino y lo arrojaran al mar”. El escándalo es uno de los peores pecados, pues no sólo se perjudica quien lo comete sino que lleva consigo o arrastra a otros a lo mismo, privándolos –con su mal testimonio- de la verdadera vida en Cristo, de la vida en la gracia.
         Unido a este escándalo está también el pecado personal, o aquello que nos lleva a estar en ocasión de pecado, por eso se nos dice: “Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela; pues más te vale entrar manco en la vida eterna, que ir con tus dos manos al lugar de castigo, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo; pues más te vale entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ser arrojado al lugar de castigo. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo; pues más te vale entrar tuerto en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al lugar de castigo, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga”.
         No significa con esto que debamos privarnos de nuestros miembros, mutilándolos, sino que se trata de “cortar” con el pecado, con aquello que es ocasión de pecado para nosotros. Se trata de tomar las cosas por su nombre, de enfrentar las situaciones que son un peligro para nuestra vida en la gracia, para poder ejercer el dominio sobre nosotros mismos desde y con la fuerza del Espíritu. Es un trabajo que dura toda la vida, pues siempre estamos expuestos a todo tipo de provocaciones o tentaciones, y es necesario estar alertas y despiertos, vigilando para que el pecado no nos prive de la vida de gracia.
         El problema está en que muchas veces existe en nuestras vidas un cierto “afecto” al pecado, es decir, una cierta inclinación que nos lleva a recaer en lo mismo, en las mismas debilidades, en los mismos errores, en las mismas omisiones, y esto se debe a que no sabemos desprendernos de todo aquello que no es de Dios, de todo aquello que va contra el mensaje de salvación. Es necesario tener una determinada determinación, como dice Teresa la grande, para poder decidirse y obra en consecuencia.
         Es hora de que pongamos el nombre a sus cosas y nos juguemos por Jesús, por la vida que Él mismo nos regaló y regala, que nos juguemos por seguirlo en gracia y santidad. Esto es imposible, pues tenemos la vida de tantos santos (canonizados o no) que han sido y son un mensaje para nosotros, que nos alientan a seguir luchando por estar en gracia, cortando definitivamente con aquello que nos impide crecer en la vida que nos ha regalado Jesús y creciendo en gracia, entrega y misión.
         Pidamos al señor que nos de la sabiduría para saber discernir aquello de lo cual debemos desprendernos y saber cortar con una determinada determinación, y pedir también la fuerza para poder seguir creciendo cada vez más en santidad y ser profetas en este mundo colaborando con la obra del Señor. Amén. 

martes, 18 de septiembre de 2012

Vigésimo Cuarto Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo B


Domingo 16 de Septiembre, 2012

Día del Señor
Señor Dios, qué valioso es tu amor
Caminaré en la presencia del Señor

Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Isaías (50, 5-9)
En aquel entonces, dijo Isaías:
“El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos. Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado.
Cercano está de mí el que me hace justicia, ¿quién luchará contra mí? ¿Quién es mi adversario? ¿Quién me acusa? Que se me enfrente. El Señor es mi ayuda, ¿quién se atreverá a condenarme?”
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 114
Caminaré en la presencia del Señor.
Amo al Señor porque escucha el clamor de mi plegaria, porque me prestó atención cuando mi voz lo llamaba.

Redes de angustia y de muerte me alcanzaron y me ahogaban. Entonces rogué al Señor que la vida me salvara.

El Señor es bueno y justo, nuestro Dios es compasivo. A mí, débil, me salvó y protege a los sencillos.

Mi alma libró de la muerte; del llanto los ojos míos, y ha evitado que mis pies tropiecen por el camino. Caminaré ante el Señor por la tierra de los vivos.

Segunda Lectura
Lectura de la carta del apóstol Santiago (2, 14-18)
Hermanos míos:
¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no lo demuestra con obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe?
Supongamos que algún hermano o hermana carece de ropa y del alimento necesario para el día, y que uno de ustedes le dice:
“Que te vaya bien; abrígate y come”, pero no le da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué le sirve que le digan eso? Así pasa con la fe; si no se traduce en obras, está completamente muerta.
Quizá alguien podría decir:
“Tú tienes fe y yo tengo obras.
A ver cómo, sin obras, me demuestras tu fe; yo, en cambio, con mis obras te demostraré mi fe”.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Marcos (8, 27-35)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los poblados de Cesarea de Filipo. Por el camino les hizo esta pregunta:
“¿Quién dice la gente que soy yo?”
Ellos le contestaron:
“Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas”.
Entonces él les preguntó:
“Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”
Pedro le respondió:
“Tú eres el Mesías”.
Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie. Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día.
Todo esto lo dijo con entera claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras:
“¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.
Después llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo:
“El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
 Comentario a la Palabra de Dios
         Queridos hermanos y hermanas, que el Dios de la vida permanezca siempre con todos ustedes y que su paz de Cristo habite en sus corazones y sean signo de la presencia del Amor en medio del mundo por medio de la acción del Espíritu Santo.
         Si nos quedamos en el evangelio, quién sabe si Jesús tuvo curiosidad por saber lo que la gente opinaba o decía de Él, y obtuvo la respuesta. Pero la segunda pregunta era mucho más profunda y personal, y Pedro, inspirado por el Espíritu respondió que era el Mesías.
         Jesús, luego de mandar que no dijeran nada a nadie de que Él era el Mesías, comenzó a instruir a los apóstoles sobre qué iba a suceder con este Mesías, y ahí fue donde Pedro llevando aparte a Jesús lo reprendió. Seguramente, y de hecho era así, Pedro tenía una imagen del Mesías muy distinto a lo que Jesús les estaba comunicando; y esto se puede ver en que cada grupo de la época esperaba un Mesías a su medida, a su modo de vida, un Mesías de acuerdo con lo que ellos vivían o profesaban en los distintos grupos político-religiosos de la época de Jesús.
         Quizás nadie se había percatado –o a lo mejor sí- que el Mesías debía pasar por lo que ya antes había anunciado el profeta Isaías, y que vemos en este domingo algún fragmento: “El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras y yo no he opuesto resistencia, ni me he echado para atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que me tiraban la barba. No aparté mi rostro de los insultos y salivazos. Pero el Señor me ayuda, por eso no quedaré confundido, por eso endureció mi rostro como roca y sé que no quedaré avergonzado…?”
         Es difícil poder entender que el Mesías esperado desde antiguo debía sufrir todo eso, ¿con qué motivo? ¿por qué razón? Si este Jesús tenía poder de hacer milagros, hasta de revivir muertos, y de atraer a la gente con su palabra… ¿por qué pasar por todo eso que Él decía a sus discípulos?
Y es que este Jesús –el Dios y hombre verdadero- el Verbo encarnado, no vino para facilitarnos la vida, no vino para solucionarnos el hambre del mundo o las enfermedades, o la muerte, o liberarnos de los poderosos y opresores, ¡NO! Jesús vino a través de la encarnación y se hizo uno como nosotros porque de ese modo nos enseñó lo que significa vivir encarnados, vivir lo que nos toca vivir, aún cuando sea muy doloroso. Y es que el vivir pasa por la encarnación, y es en y a través de ella que el hombre puede dejar que dios obre y actúe. Jesús nos enseñó el camino, por eso su discurso en el evangelio de este domingo nos dice: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”. Tomar la cruz significa hacernos cargo de lo que implica el vivir cada día con sus fatigas, sus dolores, sus sufrimientos, y también sus alegrías y esperanzas.
Te pedimos Señor que nos ayudes a vivir como Tú nos enseñaste, a través del camino de la encarnación, es decir, viviendo encarnados en lo que nos toca vivir en el día a día, en la espiritualidad de lo cotidianos, haciendo a Dios presente y a la vez hacerlo partícipe de nuestra vida, de nuestra historia, para que Él la transforme en historia de salvación. Amén.