martes, 23 de noviembre de 2010

Primer Domingo de Adviento-Ciclo A

Domingo 28 de Noviembre, 2010

Vayamos con alegría al encuentro del Señor
Oremos al Señor, nuestro Dios

Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Isaías (2, 1-5)
Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén:
En días futuros, el monte de la casa del Señor será elevado en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas y hacia él confluirán todas las naciones.
Acudirán pueblos numerosos, que dirán: “Vengan, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, para que él nos instruya en sus caminos y podamos marchar por sus sendas. Porque de Sión saldrá la ley, de Jerusalén, la palabra del Señor”.
El será el árbitro de las naciones y el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra.
¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 121
Vayamos con alegría al encuentro del Señor.
¡Qué alegría sentí, cuando me dijeron: “Vayamos a la casa del Señor”! Y hoy estamos aquí, Jerusalén, jubilosos, delante de tus puertas.
Vayamos con alegría al encuentro del Señor.
A ti, Jerusalén, suben las tribus, las tribus del Señor, según lo que a Israel se le ha ordenado, para alabar el nombre del Señor.
Vayamos con alegría al encuentro del Señor.
Digan de todo corazón:
“Jerusalén, que haya paz entre aquellos que te aman, que haya paz dentro de tus murallas y que reine la paz en cada casa”.
Vayamos con alegría al encuentro del Señor.
Por el amor que tengo a mis hermanos, voy a decir: “La paz esté contigo”. Y por la casa del Señor, mi Dios, pediré para ti todos los bienes.
Vayamos con alegría al encuentro del Señor.

Segunda Lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los romanos (13, 11-14)
Hermanos: Tomen en cuenta el momento en que vivimos. Ya es hora de que se despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer.
La noche está avanzada y se acerca el día. Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz.
Comportémonos honestamente, como se hace en pleno día. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias ni desenfrenos, nada de pleitos ni envidias. Revístanse más bien, de nuestro Señor Jesucristo y que el cuidado de su cuerpo no dé ocasión a los malos deseos.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Mateo (24, 37-44)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Así como sucedió en tiempos de Noé, así también sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Antes del diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y cuando menos lo esperaban, sobrevino el diluvio y se llevó a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. Entonces, de dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro será dejado; de dos mujeres que estén juntas moliendo trigo, una será tomada y la otra dejada.
Velen, pues, y estén preparados, porque no saben qué día va a venir su Señor. Tengan por cierto que si un padre de familia supiera a qué hora va a venir el ladrón, estaría vigilando y no dejaría que se le metiera por un boquete en su casa. También ustedes estén preparados, porque a la hora que menos lo piensen, vendrá el Hijo del hombre”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Comentario a la Palabra de Dios
Queridos hermanos y hermanas, que el Señor, el Dios de la vida, los colme con su alegría y con su paz y que su gracia sea fecunda en sus vidas para dar testimonio de Él en medio del mundo.
Hoy comenzamos un nuevo año litúrgico, que llamamos “Ciclo A”, que no coincide con el año civil, sino que el año litúrgico tiene un ritmo propio marcado por tiempos donde la Iglesia despliega todo el misterio de la salvación en Cristo Jesús. Por eso, el centro de todo está dado por la Pascua de Jesús.
El ciclo de Adviento que hoy empezamos es un aspecto del misterio de la redención, y que nos lleva a centrarnos en la encarnación del Hijo que por su muerte y resurrección salvará a la humanidad.
Así, el año litúrgico es memorial y celebración actualizada del misterio de Jesús.
Con el Adviento nos preparamos a la Navidad, y una connotación propia de este tiempo es la espera y el estar alertas, pero con esperanza cristiana. Es una esperanza gozosa, pero no por ello no es exigente. Se centra en el amor infinito de un Dios que nos ama con amor eterno y por eso envía a su Hijo para redimirnos; pero a la vez, en este tiempo estamos en la doble espera: por un lado, la segunda venida de Jesús en su gloria; y por otro, la 1° venida de Jesús en la carne, es decir, la encarnación.
Hoy se hace necesario y urgente tener una mirada desde la ESPERANZA CRISTIANA, pues vivimos en un tiempo donde todo cambia rápidamente y donde todo nos lleva a vivir descentrándonos de Cristo para centrarnos en las cosas del mundo, y eso hace que experimentemos un vivir un tanto incierto, un futuro y un presente con frecuencia amenazador; es como si se perdieran razones para esperar.
La fe y la esperanza cristianas nos llevan a esperar no en los hombres sino en Dios, pues Él es la Plenitud de la Vida que ama al mundo y viene.  Porque Dios es fiel a su amor.
La esperanza cristiana está en que Dios sigue siendo fiel hoy y siempre al igual que ayer.
Esta espera gozosa y vigilante (“Ya es hora de que se despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer”) no debe hacernos vivir la venida del Señor con la angustia de un "fin de los tiempos" catastrófico, sino un "retorno del Señor" a quien amamos y nos ama; y entonces tal espera y encuentro con Él no será en la angustia sino en la alegría de un encuentro con el Amado, pero tal espera “en el momento en que vivimos” debe ser exigente, por eso San Pablo nos invita a despojarnos pues de las obras de las tinieblas y revestirnos con las armas de la luz. Nos invita a que nos “comportemos honestamente, como se hace en pleno día. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujurias ni desenfrenos, nada de pleitos ni envidias. Revístanse más bien, de nuestro Señor Jesucristo y que el cuidado de su cuerpo no dé ocasión a los malos deseos”.
La vigilancia está también acentuada en el Evangelio, y tal “vigilar” o estar en vela significa estar preparados, porque no sabemos qué día va a venir el Señor. Este estar atentos a la venida de Jesús es un vivir lo cotidiano en atención a las cosas futuras, a las promesas de Dios, pues lo que viviremos en ese encuentro con Él ya lo vamos preparando hoy, viviendo lo de todos los días con la alegría de una mirada puesta en las cosas eternas y en la promesa de un Dios que ama la vida y que quiere no la muerte del pecador sino que se convierta y viva.
Comencemos este tiempo rico en gracia de Dios como un camino de conversión fuerte que nos lleva a vivir con la esperanza puesta en Jesucristo, y con los pies en la tierra. Amén.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Trigésimo Tercer Domingo del Tiempo Ordinario-Ciclo C

Domingo 14 de Noviembre, 2010

Día del Señor
Toda la tierra ha visto al Salvador
Mi felicidad consiste en estar cerca de Dios

Primera Lectura
Lectura del libro del profeta Malaquías (3, 19-20)
“Ya viene el día del Señor, ardiente como un horno, y todos los soberbios y malvados serán como la paja. El día que viene los consumirá, dice el Señor de los ejércitos, hasta no dejarles ni raíz ni rama. Pero para ustedes, los que temen al Señor, brillará el sol de justicia, que les traerá la salvación en sus rayos”.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 97
Toda la tierra ha visto al Salvador.
Cantemos al Señor al son del arpa, aclamemos al son de los clarines al Señor, nuestro Rey.
Toda la tierra ha visto al Salvador.
Alégrese el mar y el mundo submarino, el orbe y todos los que en él habitan. Que los ríos estallen en aplausos y las montañas salten de alegría.
Toda la tierra ha visto al Salvador.
Regocíjese todo ante el Señor, porque ya viene a gobernar el orbe. Justicia y rectitud serán las normas con las que rija a todas las naciones.
Toda la tierra ha visto al Salvador.

Segunda Lectura
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses (3, 7-12)
Hermanos: Ya saben cómo deben vivir para imitar mi ejemplo, puesto que, cuando estuve entre ustedes, supe ganarme la vida y no dependí de nadie para comer; antes bien, de día y de noche trabajé hasta agotarme, para no serIes gravoso. Y no porque no tuviera yo derecho a pedirles el sustento, sino para darles un ejemplo que imitar. Así, cuando estaba entre ustedes, les decía una y otra vez: “El que no quiera trabajar, que no coma”.
Y ahora vengo a saber que algunos de ustedes viven como holgazanes, sin hacer nada, y además, entrometiéndose en todo. Les suplicamos a esos tales y les ordenamos, de parte del Señor Jesús, que se pongan a trabajar en paz para ganarse con sus propias manos la comida.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (21, 5-19)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, como algunos ponderaban la solidez de la construcción del templo y la belleza de las ofrendas votivas que lo adornaban, Jesús dijo: “Días vendrán en que no quedará piedra sobre piedra de todo esto que están admirando; todo será destruido”.
Entonces le preguntaron:
“Maestro, ¿cuándo va a ocurrir esto y cuál será la señal de que ya está a punto de suceder?”
El les respondió: “Cuídense de que nadie los engañe, porque muchos vendrán usurpando mi nombre y dirán: ‘Yo soy el Mesías. El tiempo ha llegado’. Pero no les hagan caso. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones, que no los domine el pánico, porque eso tiene que acontecer, pero todavía no es el fin”.
Luego les dijo: “Se levantará una nación contra otra y un reino contra otro. En diferentes lugares habrá grandes terremotos, epidemias y hambre, y aparecerán en el cielo señales prodigiosas y terribles.
Pero antes de todo esto los perseguirán a ustedes y los apresarán; los llevarán a los tribunales y a la cárcel, y los harán comparecer ante reyes y gobernadores, por causa mía. Con esto darán testimonio de mí.
Grábense bien que no tienen que preparar de antemano su defensa, porque yo les daré palabras sabias, a las que no podrá resistir ni contradecir ningún adversario de ustedes.
Los traicionarán hasta sus propios padres, hermanos, parientes y amigos. Matarán a algunos de ustedes y todos los odiarán por causa mía. Sin embargo, no caerá ningún cabello de la cabeza de ustedes. Si se mantienen firmes, conseguirán la vida”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Comentario a la Palabra de Dios
Queridos hermanos y hermanas, que el Señor, el Dios de la vida, los colme con su alegría y con su paz y que su gracia sea fecunda en sus vidas para dar testimonio de Él en medio del mundo.
En la liturgia de este domingo ya nos vamos encontrando con lo que se refiere al final del ciclo litúrgico con textos que poseen un lenguaje apocalíptico, como la lectura de Malaquías “Ya viene el día del Señor... El día que viene los consumirá… Pero para ustedes, los que temen al Señor, brillará el sol de justicia, que les traerá la salvación en sus rayos”. En él se alienta al justo que sirve al Señor, indicando que llegará el día en que se hará justicia sobre los que no guardan la ley, y que todos los que caminan por el camino del Señor serán iluminados por el “sol de la justicia”.
El mismo salmo nos ayuda a iluminar este texto de Malaquías. Es un himno al Rey y Señor de toda la Creación que invita: “Regocíjense todo ante el Señor, porque ya viene a gobernar el orbe. Justicia y rectitud serán las normas con las que rija a todas las naciones”. Porque es un Dios que dirige con justicia a todos los pueblos de la tierra, que es amoroso y fiel con el pueblo de Israel, que es un Dios justo, por eso debemos por tener la esperanza puesta en este Dios de la Vida.
El Evangelio nos habla de la presencia importante y hermosa del templo de Jerusalén. La arquitectura y riqueza hacían elocuente y patente el poder del mismo Dios de Israel en medio del pueblo judío. Por eso, las veces que el templo fue destruido y arrasado era la gran desolación porque el no tener el Templo significaba estar tan desolados que hasta Dios mismo ya no habitaba en medio de su pueblo. Puede ser que creyeran que el templo era más importante que las actitudes exigidas por el mismo Dios para un verdadero culto a él como la misericordia y la justicia. Es en definitiva lo que iban denunciando los profetas: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí”. Y es que el culto y amor a Dios debe estar unido al amor al prójimo, a la misericordia y a las obras de justicia. Por esto mismo, el anuncio que hace Jesús de la futura destrucción del Templo de Jerusalén está haciendo ver la dureza de un pueblo incapaz de ver lo que es fundamental y que ya hemos enunciado arriba.
Por otra parte, Jesús nos dice que los cristianos serán perseguidos, difamados, marginados y hasta asesinados por sus mismos parientes por el sólo hecho de creer en el Evangelio. Y es que quien sigue al Señor y sigue sus pasos termina como Él, pues su misma vida fue una molestia para lo que no querían cambiar y convertirse. Así, Jesús nos invita a no temer y a dar testimonio, a confiar en su palabra y sabiduría y a tener confianza en Dios.
 Muchas veces, grupos y sectas fundamentalistas se valen de estos textos para hablar del fin del mundo en un sentido catastrófico y metiendo miedo en la población. Jesús nos invita con este mensaje a la conversión y nos alienta para que no desfallezcamos en dar testimonio de Él en medio del mundo. Pidamos al Señor la gracia de llenarnos de Él para ser signos, testigos y testimonio suyo para atraer a otros y colaborar en el instaurar el Reino de Dios ya aquí en la tierra. Amén.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Trigésimo Segundo Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo C

Domingo 07 de Noviembre, 2010

Día del Señor
Señor, hazme justicia y a mi clamor atiende
Que llegue hasta ti mi súplica, Señor

Primera Lectura
Lectura del segundo libro de los Macabeos (7, 1-2. 9-14)
En aquellos días, arrestaron a siete hermanos junto con su madre. El rey Antíoco Epífanes los hizo azotar para obligarlos a comer carne de puerco, prohibida por la ley. Uno de ellos, hablando en nombre de todos, dijo: “¿Qué quieres saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres”.
El rey se enfureció y lo mandó matar. Cuando el segundo de ellos estaba para morir, le dijo al rey: “Asesino, tú nos arrancas la vida presente, pero el rey del universo nos resucitará a una vida eterna, puesto que morimos por fidelidad a sus leyes”.
Después comenzaron a burlarse del tercero. Presentó la lengua como se lo exigieron, extendió las manos con firmeza y declaró confiadamente: “De Dios recibí estos miembros y por amor a su ley los desprecio, y de él espero recobrarlos”. El rey y sus acompañantes quedaron impresionados por el valor con que aquel muchacho despreciaba los tormentos.
Una vez muerto éste, sometieron al cuarto a torturas semejantes. Estando ya para expirar, dijo: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 16
Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro.
Señor, hazme justicia y a mi clamor atiende; presta oído a mi súplica, pues mis labios no mienten.
Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro.
Mis pies en tus caminos se mantuvieron firmes, no tembló mi pisada. A ti mi voz elevo, pues sé que me respondes. Atiéndeme, Dios mío, y escucha mis palabras.
Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro.
Protégeme, Señor, como a las niñas de tus ojos, bajo la sombra de tus alas escóndeme, pues yo, por serte fiel, contemplaré tu rostro y al despertarme, espero saciarme de tu vista.
Al despertar, Señor, contemplaré tu rostro.

Segunda Lectura
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los tesalonicenses (2, 16—3, 5)
Hermanos: Que el mismo Señor nuestro, Jesucristo, y nuestro Padre Dios, que nos ha amado y nos ha dado gratuitamente un consuelo eterno y una feliz esperanza, conforten los corazones de ustedes y los dispongan a toda clase de obras buenas y de buenas palabras.
Por lo demás, hermanos, oren por nosotros para que la palabra del Señor se propague con rapidez y sea recibida con honor, como aconteció entre ustedes. Oren también para que Dios nos libre de los hombres perversos y malvados que nos acosan, porque no todos aceptan la fe.
Pero el Señor, que es fiel, les dará fuerza a ustedes y los librará del maligno. Tengo confianza en el Señor de que ya hacen ustedes y continuarán haciendo cuanto les he mandado. Que el Señor dirija su corazón para que amen a Dios y esperen pacientemente la venida de Cristo.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Lucas (20, 27-38)
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, se acercaron a Jesús algunos saduceos. Como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron:
“Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano.
Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”
Jesús les dijo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan, pero en la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado.
Y que los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Comentario a la Palabra de Dios
Queridos hermanos y hermanas, que el Señor, el Dios de la vida, los colme con su alegría y con su paz y que su gracia sea fecunda en sus vidas para dar testimonio de Él en medio del mundo.
La liturgia del día de hoy nos presenta la problemática de la muerte y la resurrección, y decimos problemática porque en el fondo, el tema de la muerte y la resurrección es un gran misterio, pero no por ello es que no se pueda comprender algo del mismo.
Las lecturas nos iluminan respecto a lo que estamos celebrando. El libro segundo de los Macabeos, posterior al año 124 a. C., expresa la espiritualidad que dio origen al movimiento de los fariseos; pero a su vez pone de manifiesto algo que en el A.T. necesitaba mayor claridad y reflexión. De hecho el tema de la muerte era una cuestión sin resolver, pues si la muerte es la pérdida de la vida, y la vida es un don de Dios y una bendición, entonces qué pasaba con los que eran justos, es decir, con los que habían vivido una vida según la voluntad de Dios en justicia y santidad… las promesas de Dios eran para el pueblo en su conjunto; el creyente sólo esperaba la duración y la prosperidad de su raza.
Pero aquí, se comienza a hablar de resurrección se afirma que las personas resucitarán. Y tal resurrección no es la supervivencia del espíritu o el alma del hombre sino resucitar con toda su persona. Una clave de interpretación nos ayuda a clarificar más aún el tema: uno de los hermanos condenados a muerte dice que “vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la firme esperanza de que Dios nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida”- le dice a su verdugo. Es decir, que aquél que cree en Dios resucitará para encontrarse con Él, ¡para la Vida eterna!
El evangelio nos dice que se acercaron a Jesús unos "saduceos". Los saduceos eran un grupo conservador dentro del judaísmo en la época de Jesús. Tenían como revelados por Dios sólo los primeros cinco libros de la Biblia que ellos atribuían a Moisés. Para ellos no existía otra vida, sino que la única vida que existía era la presente, y por eso no había que esperar otra.
A esta secta pertenecían las principales familias sacerdotales, los ancianos, los jefes de las familias aristocráticas, gente de mucho poder económico, y aunque eran un grupo reducido de personas tenían mucho poder. Las riquezas y el poder eran muestra de que eran los preferidos de Dios. No necesitaban esperar otra vida. Por eso mantenían una posición cómoda aparentando una vida de piedad, y por otro, un estilo de vida de acuerdo a las costumbres paganas de los romanos, de quienes recibían privilegios y concesiones con las cuales agrandaban sus fortunas y poderío. Se dice que este grupo tuvo mucho que ver con la decisión de dar muerte a Jesús.
En el evangelio de hoy se nos relata que “se acercaron a Jesús algunos saduceos”. Y “como los saduceos niegan la resurrección de los muertos, le preguntaron”:
“Maestro, Moisés nos dejó escrito que si alguno tiene un hermano casado que muere sin haber tenido hijos, se case con la viuda para dar descendencia a su hermano. Hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se casó y murió sin dejar hijos. El segundo, el tercero y los demás, hasta el séptimo, tomaron por esposa a la viuda y todos murieron sin dejar sucesión. Por fin murió también la viuda. Ahora bien, cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será esposa la mujer, pues los siete estuvieron casados con ella?”
            Claramente lo ponen a prueba a Jesús con este caso de la viuda que se casa con los siete hermanos (uno a la vuelta por cada uno que muere). Pero Jesús les dijo: “En la vida futura, los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos, no se casarán ni podrán ya morir, porque serán como los ángeles e hijos de Dios, pues él los habrá resucitado”. Pero a su vez les hace ver que no saben nada, ni siquiera en aquello que se creen expertos, pues Jesús les rebate desde el mismo Moisés (y su Ley) diciéndoles que “los muertos resucitan, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven”.
La palabra de Dios hoy nos habla de la resurrección de los muertos, que rezamos en el Credo (“creo en la resurrección de la carne”). El Señor nos da la certeza de resucitar aunque no nos revela el modo y las condiciones será vida ciertamente, aunque distinta de la presente.
En Cristo, Dios nos ha destinado a la Vida eterna, porque no es un Dios de muertos sino de vivientes, y si bien el caminar por este mundo nos inquieta, la certeza de la vida en Cristo es un consuelo permanente y una gran esperanza.
Vivimos como si no fuéramos a morir nunca, y por eso nos resistimos a morir y la muerte misma nos atemoriza, pero no debemos temer, pues si "Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos", tenemos la certeza de que nuestra resurrección radica en que Cristo ha resucitado una vez para siempre. Tal fe en la vida eterna es la que nos da fuerza para asumir y vivir la vida presente en la esperanza de una feliz resurrección. Debemos vivir con la mirada puesta en la presencia del Dios vivo en nuestras vidas y en lo cotidiano, pues el paso de este mundo a una vida nueva se construye en el aquí y ahora, y en lo que vaya construyendo con la gracia de Dios en el amor a Él y los hermanos.
El Señor nos invita a un acto de fe en la vida: “quien cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. Porque es un Dios de vivos y no de muertos, y por tanto la alianza que realiza el Señor con nosotros es con la vida y con los hombres vivos. “El Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven”. Amén.

martes, 2 de noviembre de 2010

Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos

Martes 02 de Noviembre, 2010

El Señor es compasivo y misericordioso
Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor

Primera Lectura
Lectura del libro de Job (19, 1. 23-27)
En aquellos días, Job tomó la palabra y dijo: “Ojalá que mis palabras se escribieran; ojalá que se grabaran en láminas de bronce o con punzón de hierro se esculpieran en la roca para siempre.
Yo sé bien que mi defensor está vivo y que al final se levantará a favor del humillado; de nuevo me revestiré de mi piel y con mi carne veré a mi Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo contemplarán. Esta es la firme esperanza que tengo”.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Salmo Responsorial Salmo 24
A ti, Señor, levanto mi alma.
Acuérdate, Señor, que son eternos tu amor y tu ternura. Señor, acuérdate de mí con ese mismo amor y esa ternura.
A ti, Señor, levanto mi alma.
Alivia mi angustiado corazón y haz que lleguen mis penas a su fin. Contempla mi miseria y mis trabajos y perdóname todas mis ofensas.
A ti, Señor, levanto mi alma.
Protégeme, Señor, mi vida salva, que jamás quede yo decepcionado de haberte entregado mi confianza; la rectitud e inocencia me defiendan, pues en ti tengo puesta mi esperanza.
A ti, Señor, levanto mi alma.

Segunda Lectura
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses (3, 20-21)
Hermanos: Nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos que venga nuestro salvador, Jesucristo.
El transformará nuestro cuerpo miserable en un cuerpo glorioso, semejante al suyo, en virtud del poder que tiene para someter a su dominio todas las cosas.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.

Evangelio
† Lectura del santo Evangelio según san Marcos (15, 33-39; 16, 1-6)
Gloria a ti, Señor.
Al llegar el mediodía, toda aquella tierra se quedó en tinieblas hasta las tres de la tarde. Y a las tres, Jesús gritó con voz potente: “Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní?” (que significa: Dios mí, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?). Algunos de los presentes, al oírlo, decían: “Miren, está llamando a Elías”.
Uno corrió a empapar una esponja en vinagre, la sujetó a un carrizo y se la acercó para que bebiera, diciendo: “Vamos a ver si viene Elías a bajarlo”. Pero Jesús, dando un fuerte grito, expiró.
Entonces el velo del templo se rasgó en dos, de arriba a abajo. El oficial romano que estaba frente a Jesús, al ver cómo había expirado, dijo: “De veras este hombre era Hijo de Dios”.
Transcurrido el sábado, María Magdalena, María (la madre de Santiago) y Salomé, compraron perfumes para ir a embalsamar a Jesús. Muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, se dirigieron al sepulcro. Por el camino se decían unas a otras: “¿Quién nos quitará la piedra de la entrada del sepulcro?” Al llegar, vieron que la piedra ya estaba quitada, a pesar de ser muy grande.
Entraron en el sepulcro y vieron a un joven, vestido con una túnica blanca, sentado en el lado derecho, y se llenaron de miedo. Pero él les dijo: “No se espanten. Buscan a Jesús de Nazaret, el que fue crucificado. No está aquí; ha resucitado. Miren el sitio donde lo habían puesto”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Comentario a la Palabra de Dios
Queridos hermanos y hermanas, que el Señor, el Dios de la vida, los colme con su alegría y con su paz y que su gracia sea fecunda en sus vidas para dar testimonio de Él en medio del mundo.
Ayer celebrábamos la gran fiesta de nuestros hermanos que han vivido una vida de santidad, que han testimoniado a Cristo con sus vidas en medio del mundo, y a muchos de ellos ni conocemos siquiera sus nombres, pero estamos en comunión con ellos.
Hoy hacemos memoria de nuestro hermanos que han pasado a la eternidad, y si bien recordamos su muerte, para nosotros es recordar el triunfo de la vida en Cristo, es decir, la resurrección, la victoria de Jesús sobre la muerte. Porque fuimos creados, no para la muerte sino para la vida.
Porque como dice Job: “Yo sé bien que mi defensor está vivo y que al final se levantará a favor del humillado; de nuevo me revestiré de mi piel y con mi carne veré a mi Dios; yo mismo lo veré y no otro, mis propios ojos lo contemplarán. Esta es la firme esperanza que tengo”.
La muerte, con todo lo que eso significa, es un misterio grande, que nos deja muchas veces perplejos, porque no podemos detenerla ni darle una explicación, sobre todo cuando el que muere es un ser querido y más si es muy cercano. Es como que la fe tambalea por momentos y a veces el dolor nos sume en un pozo profundo donde no sabemos cómo salir ni para dónde ir, pero no tenemos que morirnos con nuestros muertos, sino que tenemos la respuesta en la fe, y la fe en Cristo Jesús nos dice que “mi defensor está vivo”; es decir, Cristo mi defensor vive, y por su muerte y resurrección nos ha sacado del dominio de la muerte y podemos vivir con Él. Así la muerte no es sino un nuevo nacimiento, un nacimiento a la vida eterna.
Si bien hoy hacemos memoria de los fieles difuntos, de aquéllos que están gozando de la presencia plena del Padre, no festejamos el dominio de lamuerte sobre nuestras vidas como si fuera ella el destino último de toda la humanidad y no hubiese nada más.
Este tema de la muerte y de la resurrección se va aclarando a lo largo del pensamiento y de la vivencia del pueblo judío en su interés por dar razones sobre la vida del justo, pues ¿cómo era posible que tanto el justo como el que no lo era murieran por igual? ¿Era el mismo castigo para los dos? Pues la vida era una bendición, no así la muerte. Esto se irá aclarando más y mejor en el tiempo de los Macabeos donde se habla de “resucitar” de entre los muertos. Esto se cumple de manera fehaciente en Jesucristo.
El evangelio justamente, a través de la resurrección de Jesús, nos da la certeza de que la Vida está por encima de la muerte, de toda muerte. Pues la muerte no es el destino de la humanidad, no es el querer de Dios; su proyecto es otro y se ha cumplido este proyecto en Jesús, el cual nos lo transmite a nosotros, y es que todos tengamos vida en abundancia pero en Él.
De acuerdo al evangelio de hoy, aquellos que presenciaban la agonía y la muerte de Jesús en la cruz creían que estaban triunfando sobre un hombre que pensaba distinto, creían que con Él morirían también sus seguidores y sus proyectos pero, paradójicamente, lo que estaba sucediendo era algo totalmente distinto: era la donación total de una vida en favor de la humanidad entera. Pues Jesús con su muerte estaba dando muerte en Él al pecado, a nuestro pecado y dando muerte a la muerte misma. Este hecho lo atestigua incluso un pagano, pues el único que confiesa la acción salvífica de Dios en Jesús es el Centurión romano: “De veras este hombre era Hijo de Dios”.
Tal confesión nos lleva a afirmar que la muerte no tiene ya poder sobre nosotros, pues Cristo –Dios y hombre verdaderos- la ha vencido con su muerte y resurrección.
Gracias Señor por sacarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y llevarnos a la claridad de tu luz en la gracia y en la resurrección.
Pidamos por nuestros seres queridos difuntos para que ellos experimenten también la resurrección en la carne. Amén.
“Dales Señor el descanso eterno: y brille para ellos la luz que no tiene fin. Que por la misericordia de Dios las almas de los fieles difuntos descansen en paz”. Amén.